Cuenta la historia que en 1346 Eduardo III de Inglaterra, convencido de la importancia estratégica del puerto de Calais para el Canal de La Mancha, decidió sitiar la ciudad  que  resistió luchando hasta que le fué interceptado todo avituallamiento. Cuando la hambruna hizo presa en  los habitantes el alcalde de Calais decidió capitular ante el rey inglés para salvar la vida de sus ciudadanos. Éste aceptó la rendición a condición de que seis notables de la villa le presentaran las llaves de la ciudad, rendidos de forma humillante, de rodillas, en camisón y con una soga al cuello. Tras unos momentos de agitación, un primer burgués dio un paso al frente y pronto fue seguido por otros cinco dispuestos a sacrificar su orgullo por la supervivencia de los suyos.  Poco después, en la forma acordada se presentaron en la tienda del monarca inglés, quien les recibió rodeado por sus  caballeros

El impacto que el gesto de  los seis causó en la corte provocó la petición de clemencia por parte de uno de sus caballeros  al advertir el heroísmo de quienes así cedían su orgullo en beneficio  de su pueblo. La propia reina, su esposa, intercedió vehemente por ellos argumentando:  si los condenas, tu reputación se verá dañada al exhibir tanta crueldad con quienes tan noblemente se ofrecen a tu voluntad para salvar a sus conciudadanos.

Quien pretendía humillar consiguió enaltecer al objeto de su inquina; y él a su vez se vió humillado   por quienes noblemente le sirvieron su orgullo  en bandeja para salvar a los suyos.

Este episodio de “Los burgueses de Calais” quedó inmortalizado por Rodin en una magnífica escultura, y cada vez que la veo pienso en cómo humillación y nobleza se superponen dependiendo de la causa que las asiste.

Araceli Cabezón de Diego

Me apeteció escribir sobre esta película porque es una historia sobre cómo la ayuda de los demás nos puede dar  el empuje necesario para hacernos con las riendas de nuestra vida. De hecho el título original de esta película, The Help, resulta más adecuado que el utilizado para la versión española.

Las protagonistas de esta historia viven sus celdas personales en la cárcel social que constituía el Mississippi de los años 50. Eugenia “Skeeter” Phelps, una joven blanca recién graduada en la Universidad, sueña con ser escritora, a pesar de que lo que se espera de ella es que encuentre un marido y una criada negra que cuide de su casa y sus futuros hijos. Una de estas criadas, será su contacto con un mundo diferente al suyo y una fuente de inspiración impagable para perseguir sus sueños.

Entre ambas se establece una relación de mutuo apoyo en sus esfuerzos por encontrar su lugar en el mundo. Se ayudan para pasar de ser víctimas de sus circunstancias a responsables y protagonistas absolutas de sus vidas y en ese proceso crean un círculo virtuoso que arrastra a las personas de su entorno.

El premio como mejor actriz secundaria para Octavia Spencer y la candidatura de Jessica Chastain demuestran  el excelente trabajo de las actrices: las que como Octavia interpretan a las criadas, son capaces de transmitir con una sola mirada toda la resignación y el sufrimiento que arrastran, pero también dignidad y determinación. Atención también a  Jessica, borda su  personaje de mujer vulnerable en busca del reconocimiento de los demás y a Sissy Spaceck, fabulosa en un papel secundario, que aporta un divertido toque humorístico.

Por otro lado, como retrato de una sociedad sometida a la segregación racial,  es un buen complemento de otra excelente película, Arde Mississippi,  aunque Criadas y Señoras se apoya más en los pequeños actos de violencia en el ámbito doméstico, de alguna manera más alienantes y opresivos, que en los actos públicos de violencia pública.

Yo no dejaría de verla…

Nerea Goikoetxea, Directora de Calidad de Tamoin

En Vesper decimos que “aquí y ahora” es un concepto de oportunidad.  De aprehender un tramo del tiempo presente y anclarlo en tus emociones.  Son  momentos  que existen por sí mismos y que pueden aparecer cuando menos se los espera … pero que hay que saber identificar.

Vuelves a casa en coche. En la entrada de la ciudad te paras en el semáforo de siempre. Es una bonita tarde de diciembre.  Anochece y, de pronto, miras hacia delante por encima de la fila de automóviles parados y ves que el cielo azul-invierno enrojece en el horizonte, sobre la ciudad.   Ante ti, las luces blancas de los coches que vienen y las luces rojas de los coches que van.

Justo entonces suena aquella música que te llena de emociones y, por un momento, piensas que todo :  el cielo, las luces, la música, la ciudad, componen la escena de una película que te parece haber visto. Una película en la que tú eres – ahora mismo – el único protagonista y espectador. Y sin haberlo provocado,  de repente  te sientes bien, en paz, feliz de vivir.  El pasado no te araña y el futuro no te inquieta.  Estás pasando un momento “aquí y ahora” ….

¿ Cuántos “aquí y ahora” te permites ?  ¿ Cuántos dejas pasar ?  Y, sobre todo,  ¿ para qué los dejas pasar ?

El equipo de Vesper te desea  – y nos deseamos – un feliz 2.010 salpicado de momentos “aquí y  ahora”.

Jordi Foz