Volvía del mercado un Sábado por la mañana con el carro de la compra repleto de mercancía y contentísima por el  pescado que me había vendido Jaime, cuando camino a casa, me doy cuenta ¡oh maldición!, de haberme  olvidado de los  plátanos y los tomates. Varios juramentos más tarde, iniciaba la maniobra de  volver sobre mis pasos con semejante carga,  sorteando baches y personas en busca de la fruta olvidada. Pero, hete aquí, que con el giro aún sin completar me doy de bruces con una gitana que instalada en la esquina, ofrecía tomates, plátanos, aguacates y níscalos, apilados en cajones de plástico,  regularmente abastecidos por su marido desde una furgoneta mal aparcada, a dos pasos del lugar.

Me debatí por unos instantes entre mi tentación de resolver allí mismo, y mi conciencia “cívica” de no comprar a ambulantes que no pagan impuestos, que aparcan mal, que no garantizan condiciones sanitarias…  !qué se yo!. Finalmente cedí a la tentación, y le compré a la gitana  unos cuantos kilos de cosas.  Al ir a pagarle escuché la siguiente frase: “…gracias hija, nos ayudas a vivir“;  …aún me dura la sonrisa. Con un acto de lenguaje tan sencillo como sabio consiguió insuflar finalidad a un acto mío que  ni siquiera me parecía legal. Dos cosas hicieron que me sintiera feliz de hacer lo que había hecho: recibir agradecimiento por ello, y vislumbrar su sentido,  su utilidad, su fin último.

Trabajar en las organizaciones no siempre es fácil ni agradable; pero cuando se hace sabiendo qué es lo que aportamos, cómo contribuimos a la buena marcha de la empresa, las cosas cambian. Esa es la misión de un buen líder: dotar de sentido al trabajo de las personas. Tener siempre a mano la visión y poder relacionar con ella el trabajo de uno es una bendición que cada cual se merece, no de mi gitana, sino de su jefe.

Araceli Cabezón

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El veneciano Giacomo Casanova, célebre por la frecuencia de sus encuentros galantes, disfrutó de una estimulante vida más allá de  lo amoroso. Seminarista, violinista, secretario de cardenal, mago, aficionado al juego y poeta, cuentan entre los epítetos que le adornan. Este último, el de poeta, le proporcionó más de  una dura experiencia: la publicación de unos sonetos satíricos, de carácter licencioso, le costó una condena de cinco años de reclusión en la cárcel de los Plomos de Venecia. De ella consiguió evadirse, y la experiencia tornó en sentencia: “Mejor tener un gran proyecto de fuga en una mala cárcel, que una buena vida sin horizonte”.

La vida carece de alegría y sentido sin un objetivo, sin un sueño, sin un proyecto.

Lo mismo les ocurre a las empresas. Se puede sobrevivir año tras año, con buenos planes estratégicos, con buenos resultados incluso, pero la visión a más largo plazo es imprescindible. Generar visión permite a personas y empresas diseñar su futuro, dibujar el escenario donde quieren estar en el medio plazo, y por lo tanto les proporciona más posibilidades de perdurar. La visión genera ilusión, genera tensión para alcanzarla, reta, exige de personas y equipos la puesta en marcha de habilidades nuevas, y además es revisable.

¡Gran hallazgo el de Casanova : ver para vivir!

Araceli Cabezón

Ayer, leyendo una entrevista al filósofo Eugenio Trías en el último número de la revista Abaco de BBVA, me quedé con una frase en la que decía “el pensamiento tiene sus ritmos … “. Resonó en mi cabeza porque me estoy encontrando con reflexiones sobre el ritmo en contextos muy diversos.  Hace ya unos meses escuché decir al cocinero Andoni Aduriz, que una de las cosas más importantes en una buena cocina es saber respetar los ritmos …

También me parecen importantes los ritmos en los procesos de creación de proyectos, en la configuración de un equipo, en los procesos de maduración de los perfiles profesionales y directivos, en la maduración de las ideas …  Tengo la sensación de que empujamos demasiado rápido, de que nos falta en muchas ocasiones la sabiduría para saber conceder a las cosas “su” tiempo y “su” ritmo particular.  Porque no siempre hay prisa, ¿ verdad ?

Ane Aguirre