Merodeando una vez por las  secciones de unos grandes almacenes,  fui a dar con la conocida sección de tallas sueltas; revolví en el montón, miré de reojo alguna prenda y cambié de sección con un despreciativo ¡bah!  Días después en un viaje a Estados Unidos, encontré una sección parecida en una tienda de moda, con un cartel distinto: last chance to buy (última oportunidad para comprar), que en lugar de exhibir las prendas en un montón informe, las mostraba colgadas en sus respectivas perchas. Me detuve en la sección, la inspeccioné con cuidado para no perderme esa joya que no tendría posibilidad de encontrar nunca más, y, naturalmente… compré.

Parecidos hechos -una partida de prendas de colecciones anteriores y sin tallas suficientes- y distinto lenguaje: unas amontonadas, otras colgadas, unas presentadas como sueltas y por lo tanto por sobrantes, y otras presentadas como escasas y por lo tanto deseables.  Y lo que ocurrió: distinta realidad generada. En un caso desprecié, en el otro me decidí a mirar con cuidado y terminé comprando.

Esa relación entre lenguaje y realidad, tan conocida por los publicistas, va mucho más allá de una mera técnica de manipulación. El lenguaje que escogemos para hablar con los demás, nuestra forma de conversar con el otro dentro del equipo, y con nosotros mismos, genera en nosotros y nuestro contexto realidades muy distintas, que permiten e impulsan o imposibilitan y ponen barreras a los objetivos que perseguimos. Y en la empresa, como ya sabemos, los objetivos se consiguen fundamentalmente conversando. Por eso las herramientas y metodologías de Vesper tienen como objetivo “cambiar la conversación” para hacer realidad el futuro deseado.

Araceli Cabezón de Diego

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papelitosLos brillantes eventos de innovación que organiza nuestro amigo Alfons Cornella  acostumbran a congregar perfiles muy variados: mundo corporativo, emprendimiento, academia, artes, tercer sector… Recuerdo que en uno de ellos –Re’09 -tras una mañana de intensa reflexión e información, llegado el momento del café, nos repartió unos papelitos y soltó esta bomba: “ahora cada uno que escriba en ese papel lo que es para él la felicidad”.

Hice lo que pude para tragar la bola en que se convirtió mi mini-palmera  y empecé a darle vueltas con gran pudor, intimidada por la intelligentzia reunida en la sala.  Al final compartió lo que habíamos producido todos.  Había definiciones filosóficas, otras que relacionaban la felicidad con aspectos más concretamente éticos; algunas apuntaban al contexto, otras la libraban a la subjetividad más absoluta y por supuesto, no faltaron las aportaciones neurofisiológicas.  Algunas de ellas: “la felicidad es un estado de conciencia“, “la felicidad tiene que ver con cómo nos hace sentir la virtud“, “la felicidad es equilibrio“…No recuerdo lo que hizo después con esa producción, pero si recuerdo la definición que más me interesó:

La felicidad es una interpretación de la realidad

Araceli Cabezón de Diego

Empiezo confesando mis dudas sobre la veracidad de esta “noticia”  que, desde hace meses, circula por la red y que, lógicamente, ha sido desmentida en varias ocasiones por las distintas administraciones.  En cualquier caso, por encima de que sea cierta o inventada, me sigue pareciendo una historia genial que si no fuera real …  merecería serlo !!!   Es la siguiente :

En el Zoo de Bristol, en Inglaterra, existe un aparcamiento en el cual, durante más de 23 años, un “probo”  y ejemplar empleado (el señor de la fotografía) ha estado cobrando puntualmente los servicios de aparcamiento de coches y autocares.   Cuando un día no apareció en el trabajo, supuestamente por jubilación, la administración del zoológico solicitó al ayuntamiento de Bristol que enviara un nuevo empleado en sustitución del anterior.   Y ahí se descubrió que … ni parking ni empleado eran del ayuntamiento ni del zoológico !!!  Nunca había sido empleado de nadie (más que de si mismo) y nunca se le había pagado ningún salario.

Durante años, como parece lógico, ni uno solo de los usuarios del aparcamiento puso pega alguna al pago del servicio.  Nadie dudó de que, tras el amable empleado, había “algo” que le daba legitimidad.   Todos dieron por supuesto lo que todo el mundo daba por supuesto. Nadie supo ver una realidad distinta a la aparente.  Como suele suceder a menudo, nadie fue capaz de ver  más allá de lo obvio, de lo que todo el mundo ve  …     ¿ A que la historia merece ser cierta ?

Jordi Foz

Esta semana han venido los Reyes Magos.  No puedo dejar de sorprenderme cuando observo a los niños absolutamente convencidos de que llegan desde oriente, montados sobre los camellos y llenos de regalos para todos … Me pregunto cómo se lo creen, teniendo como tienen tantísima información, siendo tan preguntones y teniendo tan desarrollada la capacidad de razonar y de encontrar lagunas en los razonamientos…

Ayer, escuché a un niño de unos 7 años explicar a otro, que él sí les había oído el año anterior a los reyes cuando entraron en su casa por la ventana del salón. Estaba convencido.  No había duda. Eran los Reyes Magos.

Claro, cuando creo algo, lo veo, lo oigo, lo siento… es una realidad para mí. Y no me lo cuestiono : Si lo creo, lo veo.

Ane Aguirre