COYOTEHoy va de dibujos animados: las tiras de El Coyote y Correcaminos (Wile E. Coyote and the Road Runner). Creadas por  Chuck Jones  para Warner Brothers en 1949, poblaron mi infancia de carcajadas y de una larvada tensión provocada por mi zigzagueante adhesión a perseguido y perseguidor. Pero ya  me he aclarado. Amo al perseguidor. Coyote es mi icono de la resiliencia.

Esta estupenda distinción, traída del mundo de la física, que alude a la capacidad de un material para recuperar su forma y textura iniciales tras un impacto, está representada al pelo por el villano Coyote, que impasible ante las barrabasadas infligidas por el hábil Correcaminos, se levanta una vez tras otra y continúa  como si tal con su objetivo de darle caza. Convertido en fosfatina bidimensional por un pedrusco de tonelada, en grotesca cabeza humeante con el hocico estallado por  la bomba que se dispone a lanzar o en troquel involuntario del suelo desértico por caída libre de cien metros, nuestro proteico personaje no cesa de ofrecer muestras de su ejemplar vertebración.

En todos los casos son segundos los que tarda en sacudirse el polvo, sin victimismos, sin rencores; solo con la determinación de seguir adelante con su plan.

Me hizo gracia saber que no soy la única. Mi admirada Siri Hustvedt  dice en su fina recopilación de artículos: Vivir, pensar, mirar: “estos personajes tienen un irresistible atractivo darwiniano. Como el Coyote en los dibujos animados de Looney Tunes que veía en mi niñez, son personajes que poseen el maravilloso don de recomponer la figura. Hay también historias reales de gente que desafía todos los contratiempos y que, a pesar de sufrir experiencias grotescas, no acaban en un hospital y salen adelante con una resignación mayor que un personaje de Beckett.”

Araceli Cabezón de Diego

 

 

Hace años  José luis Garci  estrenó su magnífica película Canción de Cuna. Lloré todo lo que pude y una escena quedó en mi memoria; la escena en que las monjas protagonistas de la historia salen de la celebración del oficio de vísperas un día especialmente doloroso para ellas porque acababan de despedir por casorio  a la niña que años atrás aparecía expuesta en su torno, y que desde entonces había inundado de alegría, proyecto y afanes a todos los miembros de esa comunidad de clausura. Años después, en ese final de vísperas de rostros tristes y gestos cabizbajos, una persona se mantiene en pié: la directora del coro, que se dirige a ellas con dureza (no recuerdo las palabras exactas (si alguien tiene a mano la cinta, que me las facilite, por favor): “hoy habéis dicho mal los versos, habéis alterado el ritmo de los pies y eso en un día como hoy era esencial haberlo mantenido”.

Me impresionó su reflexión. ¡qué importante mantener el ritmo, la disciplina en momentos de tribulación!, ¡qué ayuda más vertebradora para las ocasiones en que sin querer atravesamos esa “delgada línea roja“, que nos dibujaba Jordi no hace mucho!  Desde que vi esa película cambié  mi punto de vista sobre la idea de disciplina y pasé de identificarla con autoritarismo,  con hacer lo que no me apetece, con  rabieta, con imposición,  a asociarla con la idea de ritmo, voluntad, posibilidad,  resiliencia. La disciplina proporciona vertebración interior, nos devuelve al orden y por ello ampara nuestra acción.

Araceli Cabezón

Me gustan los post que escribe Alfonso Longo en su blog, por su brevedad y por su profundidad. Esta mañana he leído uno titulado “liderar en el tiempo” y me ha apetecido compartirlo aquí con vosotros.  http://alfonsolongo.blogspot.com/2011/05/liderar-en-el-tiempo.html

Hablamos del gran arte de combinar el presente, el futuro inmediato y el futuro más lejano. Es un tema muy recurrente en las reflexiones que tenemos con equipos de dirección, es una gran pregunta que suele quedar formulada y para la cual es muy difícil estructurar respuestas. En palabras de Alfonso,  tiene que ver con “la inteligencia profunda del sentido común”. Yo lo asociaría además, con la intuición, con la resiliencia (de la que últimamente se habla tanto) y con el compromiso con unos valores que van más allá del “éxito personal” a corto plazo.

Dicho en palabras de un empresario y directivo de los que pisa tierra a la vez que se compromete con el futuro: “no perder el hilo del negocio mientras pensamos y trabajamos para que esta empresa se consolide y pueda competir dentro de 10 años”. Pisar tierra y soñar… Anclaje al suelo y alas para volar…

Ane Aguirre