aceptaciónUna de las lindezas que nos brinda la corrección política de nuestros días es la buena prensa de la palabra tolerancia: “hay que ser tolerante”, “eduquemos para la tolerancia”, “tolerar al otro”… todo en aras de respetar la diversidad de individuos, de sociedades, de géneros, de culturas, de procedencias….

Y sin embargo, cuánta perversión esconde la palabra. La tolerancia -dice Humberto Maturana– es una negación suspendida temporalmente, un conflicto diferido. No te soporto como distinto, pero aguanto tu diferencia, me contengo. Pero ¿quién me da licencia para tolerar a un otro que es tan distinto a mí, como yo de él? Además hay cosas que no quiero tolerar de ninguna manera. ¿Cómo lidiar entonces con lo distinto? Con la aceptación. Aceptar consiste en conceder al otro legitimidad para ser distinto, y desde ahí,  su derecho a serlo. La aceptación no implica la renuncia  a valores o principios propios, ni impide luchar por ellos o discrepar.

La aceptación es un punto de partida, que nos permite saber de dónde sale el otro, comprender su diferencia y actuar para integrarla, para aprovechar su diversidad, o incluso para defender nuestros valores cuando los vemos en peligro. La tolerancia nos atasca en un “hasta que me harte” . La aceptación permite una acción inteligente.

Araceli Cabezón de Diego

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x  Lo confieso: algunas veces veo pornografía. Y otras veces me la encuentro en pantallas sin buscarla : “Billionaire Scorecard: Adelson Makes $1 Billion,  Bezos Loses $2 ...”, “A Look At Billionaire David  Geffen’s $1,1 Billion…...”, “Carlos Slim: el hombre  más millionario del mundo…” “El fundador de Virgin ganó más de ………”

¿Y a mí qué  me importa?

Lo que sí me importa: cómo hacen ese dinero ¿es fruto de la especulación o de su capacidad de innovación, de la puesta en riesgo de su propio capital,  del trabajo duro e inteligente?, ¿a cuántos arruina por el camino?, ¿a cuántas familias mantiene con sus empresas?, ¿qué cosas ha cambiado para bien en la vida de los consumidores a los que abastece?, ¿qué nuevas rutas abre para la humanidad?, ¿cómo trata a sus proveedores?, ¿cuánto coopera con otras empresas?, ¿cómo de contentas están las personas que trabajan en sus organizaciones?, ¿cómo ayuda a que la vida en el planeta resulte más sostenible?, ¿qué hace con los beneficios?…

Araceli Cabezón de Diego

 

post hocPost hoc, ergo propter hoc –  “después de eso, por lo tanto, causado por eso”. Esa  falacia      lógica nos permite presumir que un evento es causa de otro, por el simple hecho de que le precede.

…y así erramos atribuyendo a la cronología una función causal…

…y así nos confundimos concatenando causas y efectos que no son tales…

…y así perdemos de vista que pocas cosas tienen solo una causa…

..y así resolvemos sólo a medias…

…y así ponemos remedios donde no se necesitan…

…y así formamos nuevos conflictos…

Eso pensé  mientras veía un episodio de “The west wing“.

Araceli Cabezón de Diego

En una ocasión, compartía té y conversación con mi querida   Manuela Menacuya experiencia profesional le ha permitido analizar, descubrir, catalogar, comentar, descatalogar y adquirir para el Museo del Prado muchas de las joyas pictóricas que hoy disfrutan en Madrid visitantes de todo el mundo. Hablando de la actividad de comisariar exposiciones, me comentaba: “Un buen comisario  no ha de estar presente en el resultado; su producto está al servicio del artista, no de su propia gloria. Su misión es la de revelar al maestro en todo su esplendor, sin que se note su mano.”

Su comentario me pareció una metáfora de la labor de un coach. Un buen coach no tiene ego, desaparece ante su cliente, le acompaña para revelar lo mejor de sí mismo, y convertir esa revelación en posibilidad, en acción, en futuro deseado. Cuando él se va, el cliente sigue actuando consciente de sus propias capacidades y con posibilidades de trabajar sus limitaciones. En el mundo de las organizaciones, la misión de un buen líder, un buen directivo, un buen jefe es ayudar  al colaborador a poner de relieve sus posibilidades, y convertirlas en acción, para producir resultados de forma sostenible. No es tarea fácil; requiere creer en el otro, aceptarle como diferente, dedicarle tiempo, y permitirle encontrar su propia manera de hacer las cosas. Cuando  esto se consigue, la vida profesional se encuentra  con la vida interior del individuo, y el trabajo es  más completo, más pleno, más feliz.

Araceli Cabezón

En Vesper somos estrictos con los procesos de coaching. Claro que creemos firmemente en la aplicación de un estilo propio de “acompañar” en aras a la autenticidad y la creación de una relación de confianza con el coachee y, no es menos cierto, que respetamos las reglas básicas de la disciplina para que los servicios contratados sean realmente eficaces. La confidencialidad, la creación de un espacio auténtico, la petición de acuerdos básicos (valentía, permiso para “incomodar gentilmente”, sinceridad,…), las condiciones profesionales y la utilización de esa “caja de herramientas” del coach al servicio del coachee son algunas de las piezas necesarias para que el cliente consiga ese “resultado extraordinario” que con sus gafas no era capaz de alcanzar.

No obstante, en muchas ocasiones me ocurre que he incorporado tanto ciertos conceptos que no puedo evitar utilizarlos tanto para hablar como para escuchar “de cierta manera”. Y si no que se lo digan a Joseba e Iñaki que, después de muchos kilómetros (re)corridos en los que hemos compartido muchas conversaciones, han decidido convertirse en finishers de su primer maratón. Lo que percibían como un esfuerzo inalcanzable lo han convertido en un reto (como refleja el blog de Iñaki) y en un proceso de entrenamientos sin olvidar la diversión.

Y, como el coaching tiene bastante de acompañamiento, allí estaré con ellos; como diría el amigo Adolfo Cabrales, lo más lejos a su lado

Oscar Garro