MarCuando todo parece relajarse a tu alrededor, se hace algo extraño escribir en pleno agosto sobre cuestiones demasiado “serias”…

Para los más afortunados, el mejor regalo del verano es, en mi opinión, esta especie de tiempo suspendido, de tiempo de tregua, concepto que el diccionario define como “Cese temporal de hostilidades” “Interrupción, descanso”. Me parece que las vacaciones tienen algo de las dos cosas e inevitablemente, de una u otra manera, nos cambian las rutinas.

El tiempo pasa demasiado rápido y a veces, la adaptación al nuevo ritmo no es tan fácil ni rápida como querríamos. Las inercias tiran demasiado de nosotros y cuando apenas conseguimos reducir nuestra habitual “velocidad de crucero”… ya casi se nos acaba la tregua.

Pero nada sucede porque sí y, al parecer,  nuestra velocidad vital forma parte de un proceso de evolución de la sociedad. Os invito a leer una interesante entrevista con el filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa, en la que habla de que el precio de una sociedad muy eficiente es “vivir atrapados en la aceleración”… y en la ansiedad que lleva incorporada, “prisioneros de un ritmo de vida que nos hace infelices”.

Así que la reflexión de este caluroso día de agosto, aunque tópica por evidente, no puede ser otra que la de esforzarnos de manera consciente y activa en reducir nuestra aceleración, aunque sólo sea por unos días, y aprovechar al máximo ese tiempo suspendido y “los momentos” que nos regala; el conocido “carpe diem”la capacidad de disfrutar de nuestro presente, cada cual a su manera, sin que el peso del pasado ni la incertidumbre del futuro nos lo enturbien.

Por lo menos una vez al año nos lo merecemos… ¡Y para eso se inventaron las treguas!

Jordi Foz

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canterbury_cathedral_choir Por razones familiares viajo con cierta regularidad a Canterbury, pequeña ciudad del condado de Kent, una de las más antiguas del Reino Unido, presente en nuestro imaginario literario por los picantes cuentos de Canterbury.

Cuando estoy allí disfruto de un lujo diario en su maravillosa catedral: antes de cenar me acerco todos los días al Choral Evensong, una especie de vísperas de rito anglicano que combina lecturas con canto.

Vivo así la puesta del sol sublimada por la sugestión de los coros, niños o adultos, según el día; un privilegio para mí solo comparable al de escuchar la propia voz entonando  los Hymn englutida en la voz de todos los asistentes y proyectada por la resonancia del ámbito gótico más antiguo del país.  Por si fuera poco, cuando eso termina, el oficiante abre un momento muy especial para finalizar el día, y dice algo así: “…este es el final de una jornada. Lo que ha sido hecho, ha sido hecho; lo que no ha sido hecho, no ha sido hecho…“.

La primera vez que lo escuché, me pareció una perogrullada. Ahora, tras mis encuentros con el  “mindfulness , lo oigo de otra manera:

..terminar una cosa y empezar otra distinta, pausar entre ambas, estar quieto, dar licencia al cuerpo para obviar  la razón, silenciar, poner foco, relajarse, estar en el presente, calmarse, perdonarse, ser consciente, descansar, estar a solas, sosegarse, escuchar al cuerpo…

…me encanta cómo suena la palabra que utilizan los ingleses para todo esto: “stillness”

Araceli Cabezón de Diego

 

Ayer, leyendo una entrevista al filósofo Eugenio Trías en el último número de la revista Abaco de BBVA, me quedé con una frase en la que decía “el pensamiento tiene sus ritmos … “. Resonó en mi cabeza porque me estoy encontrando con reflexiones sobre el ritmo en contextos muy diversos.  Hace ya unos meses escuché decir al cocinero Andoni Aduriz, que una de las cosas más importantes en una buena cocina es saber respetar los ritmos …

También me parecen importantes los ritmos en los procesos de creación de proyectos, en la configuración de un equipo, en los procesos de maduración de los perfiles profesionales y directivos, en la maduración de las ideas …  Tengo la sensación de que empujamos demasiado rápido, de que nos falta en muchas ocasiones la sabiduría para saber conceder a las cosas “su” tiempo y “su” ritmo particular.  Porque no siempre hay prisa, ¿ verdad ?

Ane Aguirre