bruce-dern-NebraskaAdemás de todos los elogios técnicos que ha suscitado Nebraska y que comparto, a mí me resultó una película conmovedora.

Cuenta muchas cosas, a pesar de que no hay mucha acción. A mí me habló de las inmensas posibilidades que abre la aceptación.

La película nos propone aceptar unos personajes con sus imperfecciones, que son las que los hacen tan humanos y entrañables. Aceptar el loco deseo de un padre de ir a Nebraska a recoger un premio que nunca ganó. Aceptar que el pasado está conformado de episodios que nos gustan y de otros que deploramos. Aceptar que la lucidez tiene caras muy diferentes.

La historia avanza en la medida en que la aceptación avanza… Cuando el hijo va aceptando lo que hay, cuando deja de pelearse contra lo aparentemente absurdo, entonces puede acompañar a su padre como él lo necesita.

Se da la paradoja de que un viaje aparentemente inútil, se convierte en un descubrimiento de un valor incalculable para su vida. La aceptación le permite conocer y conocerse, en el sentido más profundo.

De esos viajes cortos, que sin esperarlo, nos transforman.

Ane Agirre

proustHace siglos leí la excelente biografía que  Painter hizo de Proust, y aún recuerdo su descripción de la especial relación que tenía con su madre: cómo la esperaba sin dormirse hasta que  llegaba el inefable momento de recibir su beso, su necesidad de tenerla cerca, los intentos desesperados por conseguir tiempo a su lado, por conseguir sus mimos, por sentir su olor y su suavidad, todo ello exacerbado  por la autoritaria oposición de su padre que intuía en esa necesidad inclinaciones poco masculinas.

Del recuerdo de esa biografía  me impresionó especialmente la anécdota que Painter escogió para narrar la muerte de  Jeanne Proust con 56 años. Inminente el desenlace, conocedora  del infinito sufrimiento que ello podía causar en su hijo, Marcel, y sabiendo de su profunda admiración por el mundo clásico,   le dijo algo así como: “hijo mío, aunque no seas un romano, compórtate como tal”.

Cuando lo leí pensé: “¡qué suerte, menuda herencia!, le ha brindado un modelo para sublimar su sufrimiento, para decidir qué hacer con el vacío que se le viene encima, una propuesta para convertir la desesperación en épica!”

Araceli Cabezón de Diego

Hace unos días, Oscar  ¿o Ane? colgaba en nuestra fan page de Fb un video de TED,  y destilaban esta frase para nuestros amigos: “People don`t buy what you do; they buy why you do it” o sea: “No te compran lo que haces, sino el para qué lo haces”.

Hace unos días leía en la Harvard Business Review una reflexión del escritor Joel Stein sobre la esencia del liderazgo, donde contraponía el carisma personal con la capacidad de proporcionar sentido: “… if you make people feel like you’re going to help them accomplish something far bigger than you … you can let your belief do the work for you.”, o sea: ” si haces sentir a los tuyos que les ayudas a llevar a cabo algo mucho más importante que tú…ten por seguro que aquello en lo que crees hará el trabajo por ti”.

Hace unos días la premiadísima empresaria Catalina Hoffmann dirigía una sesión de mentoring con emprendedoras de la European PWN que trabajaban la propuesta de valor de sus empresas. Todas explicaban con lujo de detalles lo que vendían, y ella una y otra vez les devolvía: ” ¿por qué estás haciendo eso?, ¿qué te ha decidido a trabajar en este producto?”, “¿de dónde te viene la necesidad de fundar esto?”, o sea: “¿qué propósito tuviste al fundar tu empresa?”

En pocas semanas me han llovido esas tres reflexiones que confluyen en la misma idea: la importancia de dotar de sentido (los para qué, lo que se quiere llevar a cabo, los propósitos). Dotar de sentido, eso es lo que hacen los  líderes y con ello mueven voluntades en los equipos de trabajo, en los clientes, y en la sociedad.

Araceli Cabezón de Diego

Andaba yo pensando: “hace tiempo que no escribo un post, ¡qué pereza!, no estoy nada inspirada”. Así que cogí el iphone, receptor de mis inspiraciones, buceé en mis notas en busca de alguna musa…¡y nada!; y por si esto no bastara, me llama mi querida socia y me espeta: “¿a quién le toca este Viernes?” (sutilezas). Total, ¡que me toca! y aquí estoy con la misma agonía que  Lope , pero con la millonésima parte de su gracia.

¡Qué fastidio, qué aburrimiento, qué cansancio, hacer las cosas porque toca, porque hay que hacerlas. ¡Qué divertido, qué ilusión, cuánta energía hacer las cosas porque uno quiere hacerlas! Desde luego, ¡pero no siempre se puede elegir! ¿Seguro? ¡Pues yo voy a elegir! Cierto que  sigue sin apetecerme escribir el post, pero  tengo claro que quiero continuar el contacto de los Viernes con nuestros queridos lectores, quiero contribuir  a generar marca para nuestra empresa, quiero… y para eso voy a escribir ahora mismo este post.  ¡¡¡ya me voy sintiendo mejor!!!, así que para animarme enchufo el 2 mov. del concierto en Sol de Ravel por la Argerich , y la cosa mejora.

Con frecuencia perdemos energía con el tengo que, porque pensamos siempre en la acción inmediata, sin darle sentido, y si esta no nos gusta o nos pilla en mal momento, se convierte en una obligación, cuyo cumplimiento, al ser diferido, genera malestar y culpa. La cosa cambia por completo, cuando nos preguntamos por el fin último de nuestra acción. Al formular la verdadera naturaleza de nuestro deseo (el para qué de esa acción) la vista se alza,  el ánimo cambia, y el tengo que, se convierte en quiero.

¡Va por VESPER!

Araceli Cabezón

¿Qué sería de una obra musical sin silencios? ¿Y de una conversación sin silencios? ¿Y de una relación sin silencios? ¿Y de una vida sin silencios? No me los puedo imaginar… El silencio es imprescindible para escuchar y para escucharnos, para saborear una melodía, para oler el mar, para sentir la alegría y la tristeza, para contemplar un paisaje, para poder interpretar una mirada, para entender lo que está pasando, para escuchar el sonido de las hojas del árbol cuando el viento las acaricia…

Tengo la impresión de que estamos habituándonos demasiado al ruido y al estímulo permanentes. Y de que al convivir menos con el silencio podemos estar perdiendo la capacidad para sacarle todo el valor que tiene. De hecho, caemos fácilmente en la tentación de cortar los silencios lo antes posible, como si nos costara aceptarlos y darles el espacio que merecen. Y así nos perdemos todo lo que tienen que decirnos.

Este verano me he dado el lujo de disfrutar de algunos silencios llenos de sentido.

Ane

… por cierto, aprovecho para hacer propaganda del “modo silencio” del teléfono móvil… es un “modo” que puede utilizarse más a menudo 😉

(la fotografía la tomamos el equipo Vesper hace unos pocos días en la Plaza Igor Stravinsky de París)

Hace unos años comencé a hacer pinitos en la música de cámara: servidora al piano y  mi amiga Vicky Mathews a la flauta travesera.  Comenzamos por un dúo facilito, y al cabo de varios ensayos, le pedimos a nuestra profesora que nos escuchara; ¡estupendo, nos dijo,  ya sois dos solistas tocando la misma pieza con instrumentos distintos! ¿qué os parecería ahora empezar a hacer música de cámara?….Nos miramos perplejas y le pedimos que nos acompañara en ese camino.

Lo primero que sugirió fue que probáramos a escuchar a la otra. Tan afanada estaba cada una tratando de hacer bien su parte, que no hacíamos un dúo, sino dos piezas más o menos paralelas. Aprender a escucharnos no fue fácil, pero nos permitió darnos cuenta de que cada una sentía la pieza con un ritmo distinto, de que mientras una hacía una dinámica muy romántica la otra optaba por una más austera, de que una articulaba en un sitio, y la otra respiraba donde el diafragma le permitía; o sea, nos faltaba una visión compartida de la partitura. Así que trabajamos juntas, escuchamos distintas versiones y decidimos cómo nos gustaría sonar. Y así conseguimos acordar tempos, dinámicas y fraseo para traducir el sentido que queríamos dar a la partitura. Nos íbamos acercando, pero cada ensayo nos traía un tropiezo distinto. Con el tiempo aceptamos lo que todos los músicos saben: que es muy difícil una interpretación libre de contingencias. Pero tocar en cámara, a diferencia de tocar a solo, permite que los lapsus, desconcentraciones, nervios, o incluso el deficiente estudio  de uno, sean disimulados por el otro, que  los capta “al vuelo”, y acomoda su interpretación  para dar continuidad a la coherencia del discurso  musical. Esta confianza en el otro no exime al instrumentista de saberse responsable de su parte, y además del conjunto, pero también es cierto que le permite moverse con la seguridad de que sus posibles errores no restarán sentido a la obra, porque los demás  están ahí para garantizarlo. Es decir, enseña a aceptar  los errores del otro y los propios sin desestabilizarse. ¡Sin parangón con la soledad del “solista”!

Cuando ya habíamos descubierto todo esto, nos planteamos alguna pieza a tres, y  le pedimos al joven talento violinista Pablo Díaz Sánchez que nos acompañara. Para nuestra sorpresa accedió, y entonces dimos un paso más: descubrimos cómo gestionar los egos. Los primeros días temblábamos por no estar a la altura de nuestro joven acompañante (él necesitaba un ensayo donde nosotras diez), y además no sabíamos qué protagonismo habría que cederle  en el conjunto, y cuál era el que nos correspondía a nosotras. ¡Nada más fácil!. Un solista brilla por sí solo, pero el intérprete de cámara está al servicio del conjunto. La partitura cede protagonismo por turnos. En ocasiones la función de uno es simplemente subrayar la actuación del otro, y en otras la partitura exige asumir el protagonismo sonoro  mientras los demás apoyan, y todos sirven al conjunto.

Seguimos trabajando y aprendiendo a comportarnos como conjunto de cámara, y en nuestros ensayos una constante:  el placer infinito, lo bien que lo pasamos, la sonrisa con la que salimos .

¿Algún parecido con lo que es un equipo de alto rendimiento? No hablamos de comités de dirección-conjunto de cabezas brillantes. No hablamos de varios directivos que tocan a la vez y con diversos instrumentos  la misma pieza. Hablamos de algo superior, de una entidad diferente, de un conjunto que produce algo distinto, potente,  armónico, eficaz, con sentido…y ¡encima lo hace disfrutando!.

Un team coach acompaña a los comités de dirección para que eso ocurra.

Araceli Cabezón

Como apuntaba Jordi en una anterior viñeta  Pero… ¿qué es esto del coaching? son varias las formas en que un coach provoca reflexión y acción en el  coachee. Quizá la más conocida de ellas sea “la pregunta”. En mi experiencia  hay una que resulta especialmente incomoda porque  es difícil de contestar: ¿Para qué?.

Con frecuencia la persona que recibe una pregunta del tipo para qué  (¿Para qué haces eso?, ¿para qué no lo haces?, ¿para qué dejas que….?, ¿para qué emprendes….?), inicia su respuesta: “…porque…”. Y el coach insiste: “no te pregunto por qué, sino para qué”.

¿Cuál es la diferencia?

Cuando alguien contesta al por qué, responde sobre las causas, y las causas pueden ser mútiples, y las causas nos remiten al pasado, y las causas contribuyen a consagrar la situación de imposibilidad que el coachee está trabajando, simplemente porque la justifican, porque afianzan con su relato lo inevitable que resulta la situación que el coachee está viviendo. Sin embargo, cuando alguien da respuesta al para qué, encuentra sus objetivos,  encuentra  la verdadera naturaleza de su deseo, descubre qué futuro persigue. Y descubrir cuál es el fin último que perseguimos con nuestra acción u omisión no es siempre fácil porque a veces ese fin último es de naturaleza inconsciente. En esa búsqueda, pueden aparecer creencias limitantes que nos generan imposibilidad. Muchas veces, es a partir de ahí, cuando un proceso de coaching empieza a cobrar su efectividad…y permite, al evidenciarlas, deshacer y poner en cuestión el modelo mental que nos ha impedido hasta el momento, conseguir nuestro objetivo.

Aunque  difícil de responder, ¿para qué? es la pregunta

Araceli Cabezón