No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz

aaeaaqaaaaaaaaz5aaaajdy5m2i2ytbmltlimzktngmwos04ywy4lwq4n2i2yjk4nwi4mqEn 4 días actualizo mi sistema operativo y arranco una nueva versión. Me han dicho que se trata de una versión mejorada, que ha aprendido de las anteriores y que tiene más aplicaciones…pero que tiene menos memoria.

Al principio dije, “¡pues vaya panorama!” y pensé en las ocasiones en las que intento recordar algo y acabo por desistir. Sin embargo, leyendo 2 artículos, me he reconciliado con mi futura nueva versión y con las que vendrán.

El primero, habla de un estudio científico que dice que los recuerdos provocan el olvido y en el segundo, un científico del EMBL afirma que una posible explicación para el olvido es que existe un espacio limitado en el cerebro y que “cuando estás aprendiendo tienes que debilitar algunas conexiones para hacer hueco a otras“. Es decir que para aprender cosas nuevas, hay que olvidar otras que aprendiste antes.

Así que me preparo para la nueva versión con la intención de mantener la curiosidad para aprender y con la tranquilidad de que cuando quiera recordar algo del pasado, todo el esfuerzo merecerá la pena porque quizás haciendo ese Ctrl+Alt+Supr, borre algo que no tenía que haber ocurrido 😉

Oscar Garro

lenonUna emisora de música pop que acostumbro a escuchar, enuncia su motto entre programa y programa, parafraseando una de las muchas sentencias atribuidas al Beatle John Lennon (*).

“Eres lo que escuchas”. La primera vez que lo oí me pareció muy pretencioso. ¡Ay madre, pensé: yo no soy una onda, ni siquiera una onda pop! Aliviada por esa autodeclaración quedé pensando que tenían más razón que un santo, pero al revés: “escuchas lo que eres” me parecía más acertado.

A veces, cuando escuchamos al otro, metemos su discurso en nuestro esquema de comprensión del mundo, encajamos su historia en la nuestra, creemos entenderle cuando dice algo que nos “suena” y solo nos sentimos cómodos cuando aparece en su conversación uno de esos “ganchos” que nos permiten identificarnos con lo que dice. En realidad buscamos en el otro, lo que somos nosotros, “escuchamos lo que somos”.

Una sana práctica para escuchar al otro en lugar de escucharnos a nosotros mismos es utilizar la pregunta, especialmente cuando encontramos  en su discurso uno de esos ganchos que nos producen la ficción de estar entendiéndole. “Si no te he entendido mal.…..”, “¿Quieres decir con eso que….”, “¿Puedes ampliar eso que me dices….?” son  preguntas que ayudan a salir de la autoescucha y entrar en la escucha del otro.

Araceli Cabezón de Diego

(*): “Cada persona es el reflejo de la música que escucha

12-things

Unos minutos de reflexión… ¿Con cuántas de estas frases estás de acuerdo? ¿Con cuál te quedarías si tuvieras que elegir solo una?

El pasado no se puede cambiar. Las opiniones no definen tu realidad. El viaje de cada uno es diferente. Las cosas siempre mejoran con el tiempo. Tus juicios muestran tu carácter. Pensar demasiado te llevará a la tristeza. La felicidad se encuentra en el interior. Los pensamientos positivos crean cosas positivas. La sonrisa es contagiosa. La amabilidad es gratis. Sólo fallas si renuncias. Se recoge aquello que se siembra.

Jordi Foz

nieveEste verano por fin he podido mover del montón de libros pendientes la bonita novela de Milena Busquets, “También esto pasará”. 

Pero la reflexión que quiero compartir en la viñeta de hoy, no es tanto sobre el contenido del libro, que a mi me gustó mucho, como sobre su título o, mejor dicho, sobre el cuento que inspira el título y que la propia autora explica en la contraportada.

Se dice que un poderoso emperador pidió a sus hombres más sabios una frase que le sirviera y ayudara en todas las situaciones posibles en la vida y que, tras muchos meses de deliberaciones, la propuesta que los sabios presentaron al emperador fue la que da título al libro: “También esto pasará”… (una vez más, smart is simple”!).

La verdad es que no sé si el cuento existía antes del libro o sólo es un recurso literario de la autora y forma parte de la propia novela, pero me da lo mismo. El título se me quedó “enganchado” y es más: me pareció reconocerlo en distintos puntos de mi ya largo pasado, de mis experiencias más vitales.

Estoy seguro de haberme repetido más de una vez ese “también esto pasará”; y de haberlo hecho en base a la lógica, a la necesidad, a la desesperación o a reflexiones personales, sin conocer por supuesto a los sabios del emperador.  Y también,  de haberlo hecho en todo tipo de situaciones: buenas, malas, peores y regulares.

Y es que es tan evidente que todo acaba pasando, que se hace difícil entender por qué razón no lo tenemos más presente! Y por qué en demasiadas ocasiones, nos comportamos, por acción o por omisión, por hacer o por dejar de hacer, como si todo fuera a durar eternamente y el tiempo no se nos estuviera escapando entre los dedos.

Jordi Foz

 

hopper-nighthawksA raíz de un comentario en una cafetería, se me notó la sonrisa. Y no pude evitar mi reflexión personal: “¡Ojalá lo hubiéramos aprendido todos de verdad!”.

Era una mañana luminosa y radiante en Bilbao. Esperaba sentada en una terraza a una amiga y no pude evitar la conversación de mis vecinas de mesa. Eran dos chicas jóvenes que estaban charlando animadamente sobre el comienzo del nuevo curso en la Universidad y actualizando sus novedades del verano. En un momento dado se refirieron a una tercera persona en su conversación.

La tercera aludida había tenido algún problema con un amigo de su cuadrilla, y se había dedicado a compartirlo con todos. Mejor dicho, con todos, menos con la persona con la tenía una conversación pendiente para solucionar una situación. Una de mis jóvenes vecinas le dijo a su amiga: “Es increíble. ¡Ya tenemos 20 años y parece mentira que no lo hayamos aprendido!. ¿Por qué no ha hablado directamente con él en vez de “liarla” contándoselo a todos?”.

Pasaron por mi mente varias situaciones complicadas del ámbito empresarial donde las relaciones entre interlocutores habituales y necesarios eran todo menos honestas y enriquecedoras. Sus negativas consecuencias para ellos, sus equipos y el devenir de la organización son tan notables y evidentes…

Y claro, no pude contenerme. Se notó que se me escapaba una sonrisa 🙂

Teresa Aranguren

Externalizando la concienciaUna compañía aérea que decide cobrar 60 € a quienes quieran presentarse a un proceso de selección; la carta de una becaria al Director del diario La Vanguardia, relatando su desesperanzadora experiencia en una “gran empresa”; un reportaje en El País sobre las inhumanas condiciones laborales de las limpiadoras de ciertos hoteles de lujo que han externalizado (“optimizado”) el servicio…

A veces se produce una desoladora acumulación de noticias que sacuden el estado de ánimo del más optimista. Un hilo imperceptible parece unir esas situaciones: las tres suponen un abuso perverso, injustificable e innecesario sobre personas necesitadas.

Una vez más, los tan invocados “valores” parecen no superar el difícil tránsito desde el papel y la declaración hasta la acción; no consiguen convertirse en una oración con sujeto y predicado.

Y en estos casos siempre me pregunto cómo habrá sido la secuencia de esas decisiones: alguien ha tenido una “gran idea” y ha propuesto una medida “optimizadora” y alguien, con autoridad para ello, alguien responsable de ejercer algún tipo de liderazgo la ha permitido, seguramente acompañada de  felicitaciones y entusiasmo.

Y entremedio, ¿qué pasa con los valores de las empresas o de las personas que han colaborado, por acción o por omisión, a hacer el mundo un poco peor? ¿Influye, condiciona, impacta en las personas y en la sociedad la calidad del liderazgo? ¿Y qué pasa con nuestros jóvenes? ¿Qué están aprendiendo? ¿Quiénes y cómo les están enseñando a decidir? ¿Qué tipo de decisiones tomarán en el futuro? ¿Cómo tratarán ellos a sus becarias?

Jordi Foz