papelitosLos brillantes eventos de innovación que organiza nuestro amigo Alfons Cornella  acostumbran a congregar perfiles muy variados: mundo corporativo, emprendimiento, academia, artes, tercer sector… Recuerdo que en uno de ellos –Re’09 -tras una mañana de intensa reflexión e información, llegado el momento del café, nos repartió unos papelitos y soltó esta bomba: “ahora cada uno que escriba en ese papel lo que es para él la felicidad”.

Hice lo que pude para tragar la bola en que se convirtió mi mini-palmera  y empecé a darle vueltas con gran pudor, intimidada por la intelligentzia reunida en la sala.  Al final compartió lo que habíamos producido todos.  Había definiciones filosóficas, otras que relacionaban la felicidad con aspectos más concretamente éticos; algunas apuntaban al contexto, otras la libraban a la subjetividad más absoluta y por supuesto, no faltaron las aportaciones neurofisiológicas.  Algunas de ellas: “la felicidad es un estado de conciencia“, “la felicidad tiene que ver con cómo nos hace sentir la virtud“, “la felicidad es equilibrio“…No recuerdo lo que hizo después con esa producción, pero si recuerdo la definición que más me interesó:

La felicidad es una interpretación de la realidad

Araceli Cabezón de Diego

No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz

No hay vida de equipo sin conflicto. Un grupo de personas que están en permanente interacción, orientados a conseguir unos resultados, generan necesariamente situaciones en las que no todos piensan o sienten de la misma manera. Porque habrá situaciones en las que:

  • se genera competencia por recursos escasos.
  • hay interpretaciones diferentes de una situación.
  • no se comparten valores a la hora de priorizar.
  • no hay claridad en la comunicación, porque se utilizan lenguajes diferentes.
  • las visiones de futuro divergen.
  • se generan situaciones desiguales en cuanto a reparto de poder.
  • hay desajustes en las cargas de trabajo.
  • hay emociones ligadas a la inseguridad por el propio empleo.
  • …y un largo etc.

Lo que distingue la madurez de un equipo no es el número de veces a las que se enfrenta a los conflictos ni el número de conflictos que ignora, evita o sobrevuela, sino la manera en la que es capaz de abordarlos y resolverlos: su capacidad de ponerlos sobre la mesa, de hablar sobre ellos con claridad, de escuchar los distintos puntos de vista y de alcanzar acuerdos. E incluso, por su capacidad de seguir trabajando alineados por encima de ciertas diferencias.

Un coach  de equipo ayuda a los equipos a reinterpretar los conflictos como parte natural de su vida y a plantear preguntas y conversaciones que les ayudan a desbloquearlos y manejarlos de manera productiva. Se trata así de evitar que el conjunto de conflictos no resueltos, generen “el gran conflicto”, ese que ya no se sabe ni de dónde viene y que todo lo empaña.

No es que sea precisamente fácil cambiar la forma de interpretar los conflictos, pero es que es estrictamente necesario para ser capaces de trabajar en equipos diversos y en los que las interacciones horizontales son fuertes.

Bienvenidos al conflicto!

Ane Agirre

Me han gustado mucho las 3 temporadas de Black Mirror, una serie de televisión británica con capítulos provocadores, crudos, sorprendentes y hasta en algún caso, espeluznantes. Sin embargo, si tuviera que definir sus capítulos con un adjetivo sería: inquietantes.

La ciencia, la tecnología y el futuro están muy presentes y su creador, Charlie Brooker, consigue transmitir que si no tenemos cuidado, lo que estamos interpretando como ciencia ficción, lo podemos vivir “en 10 minutos”. El éxito de la serie radica en que, una vez que la has visto, empiezas a reconocer situaciones de la vida real que podrían “ser de Black Mirror“…

Lo que ayer nos parecía imposible o exagerado, hoy lo vivimos con absoluta naturalidad. Nuestra capacidad de sorpresa está desapareciendo y la vertiginosa velocidad de los cambios nos puede pillar despistados.

Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, creador de Hyperloop y presidente de SolarCity, afirmó en  julio del año pasado que “la inteligencia artificial nos dejará muy atrás. Podríamos convertirnos en mascotas de las máquinas“. El Da Vinci del Siglo XXI, de todo menos despistado, registró ese mismo mes la compañía Neuralink, un proyecto para conectar el cerebro a un ordenador añadiendo una “capa” de inteligencia artificial a nuestra propia inteligencia. Ni me imagino dónde están los límites de este proyecto pero estoy convencido de que no tendremos que esperar demasiado para “disfrutarlo”.

Dicen que Elon Musk duerme muy poco. Me pregunto en qué estará pensando ahora mismo…

Oscar Garro

En anteriores viñetas he declarado interés por los aspectos gramaticales que ayudan a clarificar el discurso. Algunas personas (la familia ¡ya se sabe!) me tildan de nazi-gramatical; yo sin embargo me califico de conservadora-gramatical, actitud que revelo en mi negativa a sobrecargar los textos con lo que considero una distractora diversificación de género en los sustantivos, adjetivos, artículos y pronombres (las partes de la oración susceptibles de variación generonumérica). En su lugar prefiero utilizar el genérico y tragarme la injusta asunción del ser femenino en la forma masculina de dicha característica (ej. los directivos, para referirse a directivas y directivos).

Sin embargo una cosa es asumir sin protestar la faena ontológica manifiesta en la forma masculina del genérico y otra cosa muy distinta que una admita que el mundo son “los hombres” (o sea los machos) y desde ahí, o sea, desde ellos  se explique todo lo demás. Esta incomodidad sentida muchas veces,  reverdece hoy  en mí gracias a  la controvertida  frase vertida por el señor Dijsselbloem, quien desde su cargo de presidente del eurogrupo declara en una entrevista : “Como socialdemócrata….. No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda.…” La prensa lo ha puesto a caldo porque se refería al descontrol del gasto de los países del sur de Europa, y lo han tildado de racista y machista, por supuestamente aludir a la afición a la prostitución de los países sureuropeos con eso de gastarse el dinero en mujeres.

Servidora  lo considera muy desafortunado como declaración pública, pero lo que de verdad me intriga es la extraña alternativa que plantea su frase. Si decimos que no podemos gastarnos el dinero en licor y mujeres, asumimos que los europeos del sur lo están gastando en vino y mujeres. Lo del vino tiene un pase (¡mediterránea que es una!), pero en mujeres….Yo soy mujer y no me lo gasto en mujeres, y no sé si existe prostitución femenina para lesbianas. O sea que o a) las mujeres del sur son todas lesbianas y gastan su dinero en otras mujeres prostitutas, al igual que sus varones, o b) en el sur (o quizá en el universo) solo existen los hombres y las mujeres serían otro objeto de consumo equiparable al vino.

¡Qué disparate! ¿no?……pues como éste ¡¡¡miles!!!:  discursos, declaraciones, anuncios de televisión, textos, y ni nos enteramos, pero ahí queda. En una ocasión me permití una prueba en una intervención ante un grupo de empresarios convocados por un cliente. Utilicé el mismo estilo que nuestro amigo europeo y comencé a poner los ejemplos desde el universo femenino como si fuera “el” universo: lo que pasa cuando tu novio aplasta el tubo de dientes por aquí, lo que ocurre cuando alguien hace una observación sobre tus tacones….Duré una hora hasta que uno de los varones presentes se levantó y manifestó públicamente su incomodidad. Se lo agradecí inmensamente y le hice ver que así nos sentimos las mujeres a diario.

¿De verdad tenemos necesidad de sufrirlo?

Araceli Cabezón de Diego

 

La semana pasada acabé mi colaboración de este año, en materia de Coaching de Equipos, en la octava edición del Postgrado de Coaching Ejecutivo y Personal de la Barcelona School of Management, de la Universitat Pompeu Fabra.

Creo que todos los años he repetido una misma dinámica con los alumnos, consistente en identificar los valores compartidos por un equipo y generar un debate sobre cómo los convertimos en comportamientos coherentes y conductas observables. Después de tantas ediciones, no deja de sorprenderme la reiteración, año tras años, de algunas de las conclusiones del ejercicio.

Resulta que, cuando trabajamos con algo tan relevante y subjetivo como son los valores, denominamos parecido a cosas distintas y también denominamos de manera distinta a cosas muy parecidas; así que, inevitablemente, lo primero que hacen los alumnos, agrupados en distintos equipos, es tratar de llegar a acuerdos sobre el lenguaje y el significado de las palabras mediante preguntas como ¿A qué nos estamos refiriendo cuando decimos…?

Para ello, recurren a dos poderosas y antiguas herramientas: la conversación y la escucha. Tienen un objetivo concreto y un tiempo limitado y, para poder alcanzarlo, necesitan conversar (para saber) y necesitan escuchar (para entender) y necesitan también llegar a acuerdos consensuados, de tal manera que se consiga el compromiso de todos los componentes del equipo. En este caso, el facilitador de la dinámica “sólo” establece el objetivo y los espacios de conversación.

Es muy gratificante comprobar que las conversaciones, estructuradas y con sentido, funcionan. Que se producen diálogos enriquecedores, productivos y respetuosos y que cuando los componentes de un equipo se escuchan con la predisposición a dejarse influir por lo que el otro dice, se produce esa mágica “conectividad” que distingue a los equipos que funcionan. Por eso, en Vesper, nos gusta tanto promover y facilitar espacios de conversación.

Jordi Foz

 

 

“Does the word ‘Persons’ in Section 24 of the British North America Act, 1867, include female persons?”

Esta escultura está en el parque del Parliament Hill, en Otawa. La fotografié hace dos años cuando pasé un mes en esta agradable e interesante ciudad.

Algún día, un grupo de mujeres tuvo que preguntar al Parlamento de su país, si cuando la ley decía “personas” se estaba incluyendo a las mujeres. Algún día, muchas mujeres tuvieron que pelear durante años, para cambiar la ley que no nos permitía votar. Algún día, hubo mujeres que se tuvieron que hacer pasar por hombres para poder ir a la universidad. Algún día, hubo que analizar las diferencias salariales en las empresas, para llegar a la conclusión de que ganábamos menos ocupando los mismos puestos. No hace tanto tiempo que todo esto era vivido como “normal”.

Y todavía hay niñas en el mundo que no se escolarizan, mujeres que son maltratadas y asesinadas por sus parejas porque deciden no someterse, dificultades para acceder a puestos de responsabilidad en las empresas, una distribución desigual de las tareas del hogar, y muchas actitudes pequeñas, sutiles, difíciles de comentar sin ser tachadas de “exageradas”, que nos ponen a las mujeres en planos de inferioridad.

Me declaro feminista desde el momento en que constato que las mujeres no somos iguales en derechos y libertades. No me hace falta recurrir al pasado ni a otros países y culturas para decir que aún queda camino por recorrer. Con mirar alrededor, me vale.

¿Lo positivo? que hay cosas que ya no nos parecen “normales”, que estamos recorriendo un camino, que cada vez más hombres se declaran “feministas” sin ningún complejo, y comparten la idea radical de que no tiene sentido que no convivamos “en igualdad”.

Hay tanto para ganar…

Ane Agirre