Hace unas semanas visité la exposición temporal de expresionismo abstracto en el Guggenheim de Bilbao. En otras ocasiones, he compartido que un paseo por las galerías de este Museo ya merecería la pena aunque las paredes estuvieran vacías pero siempre es un placer descubrir con qué las han “decorado”.

Esta vez el paseo estuvo acompañado de sorprendentes y diferentes obras en las que la acción frenética y los campos de color se combinaban para ofrecer un espectáculo difícil de olvidar (muy recomendable sentarse unos minutos en silencio en la sala donde se exponen varios cuadros de Mark Rothko).

Lo que más me llamó la atención fue conocer la técnica que utilizaron en sus cuadros muchos de los artistas: el dripping. Algo así como salpicar o dejar que la pintura gotee sobre el lienzo y permitir que la pintura vaya teniendo vida propia. Observando y admirando el resultado final confirmé que algo tan espectacular no hubiera sido posible sin provocar accidentes controlados.

Cuando hablamos de innovación en las empresas, insistimos en la aceptación del error como fuente de aprendizaje e invitamos a celebrar su aparición porque se nos abre nuevos caminos para explorar. A partir de ahora, ampliaremos este concepto e incluiremos la posibilidad de provocar esos errores para buscar resultados diferentes.

Hasta el 4 de junio tenéis posibilidad de disfrutar de la exposición pero si lo que queréis es imitar a Pollock y compañía, lo podéis hacer en el este enlace. Una buena oportunidad de salpicar a discreción 🙂

Oscar Garro

 

 

Cito de memoria a Henri Bergson: “…le présent n’est que le passé mordant sur le futur” que, de ser fiel al texto original, sería algo así como: “el presente no es más que el pasado que muerde (que roe) al futuro”, o sea que nuestro presente es una mezcla de nuestra memoria del pasado y nuestra anticipación de un futuro que prevemos o imaginamos.

El pasado no podemos cambiarlo; es lo que ya fué; sin embargo el futuro podemos preverlo u optar por imaginarlo, por diseñarlo. Un futuro previsto nos permite rodar por la vida sin sorpresas, de acuerdo  con los datos del pasado y el presente. Sin embargo, un futuro imaginado, proyectado, deseado, propicia una vida con propósito, con tensión por conseguirlo, basada en esfuerzos y posibilidades distintos, y eso cambia nuestro presente.

Imaginar el futuro deseado, proyectarlo, y ponerse en acción para conseguirlo, no arregla nuestro pasado, pero cambia radicalmente nuestra relación con el presente. La visión  de futuro es la “mordida” de nuestro presente en nuestro futuro. Es bueno tener siempre una.

Araceli Cabezón de Diego

Jack Welch, que en su día fue elegido como Ejecutivo del siglo XX, es mundialmente conocido por haberse hecho cargo de General Electric en uno de los momentos más dramáticos de su historia y situarla en los primeros lugares del mercado. Bajo su dirección se incrementó hasta cuarenta veces el valor de la compañía, aunque también es cierto que su plantilla pasó de 411.000 empleados en 1980 a 300.000 en 1985.

Como es inevitable, existen muy diferentes visiones sobre su drástica forma de liderar pero, precisamente, ese contraste de valoraciones me hacen especialmente interesantes muchas de las anécdotas y reflexiones contenidas en sus memorias, publicadas en 2002 con el título “Hablando claro”.

En una de ellas relata como un estudiante de la Universidad de Fairfield le preguntó “cómo se podía ser un buen católico y, al mismo tiempo, un hombre de negocios”. Welch dice que le contestó “enfáticamente”…  yo lo soy”. Y a continuación amplía su respuesta: “Es bien simple: manteniendo la integridad. Todo lo que hice se apoyó en ella y la integridad dio dignidad a la organización. Nunca tuve dos agendas. Sólo había un modo de proceder, el correcto”.

Unos párrafos después, cuando habla de “La corporación y la comunidad”, incluye otro punto muy revelador: “La primera responsabilidad social del presidente es garantizar el éxito financiero de la compañía. Sólo una empresa sana y ganadora posee los recursos y capacidades para hacer lo correcto”.

Es aquí donde me parece que se tocan algunos de los “eternos clásicos” del liderazgo: el debate entre los resultados y las formas, la integridad, lo correcto, lo necesario, la toma de decisiones, la “popularidad” del líder, los objetivos, las personas…  Y parece que Welch tiene muy clara la secuencia: para garantizar que se pueda hacer lo correcto una empresa debe ser antes sana y ganadora y para conseguirlo, tiene que contar con el talento y el compromiso de sus personas.

En mi opinión, conseguir ese valioso, sutil y difícil equilibrio es la competencia más relevante y diferenciadora en un líder. Asumir que no se puede agradar a todos; tomar las decisiones precisas para el bien de la compañía y aplicarlas con respeto a las personas; actuar con y desde la integridad haciendo lo que honestamente se crea más correcto en cada momento y todo ello sin perder de vista que “las mejores estrategias del mundo sin las personas adecuadas sólo conducen a resultados mediocres.

Jordi Foz

¿Cuántas veces hemos leído los comentarios sobre un artículo y hemos alucinado con su contenido y con las (horribles) formas?

Una mal aplicada libertad de expresión convierte la riqueza de la conversación virtual en un pozo de insultos y descalificaciones que nada tienen que ver con lo que el autor quería compartir.

La sección de tecnología de una emisora pública noruega NRKbeta ha tomado cartas en el asunto. Ha decidido que antes de que puedas comentar una publicación, debes responder a un cuestionario online con tres preguntas relacionadas con su contenido. Si las aciertas, podrás comentar y participar en la conversación; en caso contrario, tendrás que buscarte otro lugar para “trolear” y airear tus represiones.

Una buena idea de un país – Noruega – que por sexto año consecutivo, se ha situado a la cabeza de los países más democráticos del mundo (9,93 sobre 10) pero que no confunde “churras con merinas”.

¿Y si en vez de hablar de comentar online lo hacemos de votar? ¿Y si para poder votar fuera obligatorio leerse los programas políticos o los argumentos de una consulta relevante? ¿Estaríamos hablando ahora de Trump o del Brexit?

Pasado mañana comprobaremos si podemos seguir hablando de liberté, égalité, fraternité…

Oscar Garro

Kathrine Switzer, la primera mujer que corrió el maratón de Boston, a punto de ser interceptada para evitar su participación. Este mes ha vuelto a correrlo 50 años después

El acto de desobediencia como acto de libertad es el comienzo de la razón” Erich Fromm

Una de las películas que hoy recomiendo es la de “Experimenter”, dirigida por Michael Almereyda en 2015.  Cuenta la historia del profesor de Harvard, Stanley Milgram, que  motivado por intentar entender cómo tantas personas habían podido participar en la masacre del holocausto, realizó una prueba para medir la disposición de ciudadanos normales a obedecer órdenes de una autoridad formal (no amenazante). Eran órdenes que contradecían su propio criterio y conciencia, porque  implicaban hacer daño a otras personas. Los resultados fueron muy reveladores.

La otra película que vi la semana pasada, “Captain Fantastic, dirigida por Matt Ross y protagonizada brillantemente por Viggo Mortensen, nos relata la opción radical de un padre por educar a sus seis hijos aislados de la sociedad, en plena naturaleza. Apuesta por promover en ellos el pensamiento crítico y la desobediencia a los valores y autoridades del sistema que él rechaza, generando comportamientos y situaciones alejadas de las normas de convivencia establecidas. Una película que da qué pensar.

En el MediaLab del MIT están declarando en voz alta que quieren personas desobedientes. Han decidido premiarles. Eso sí, le ponen un adjetivo calificativo, para que entendamos todos bien: “desobediencia constructiva”, que es aquella que “se realiza de manera ética y responsable y conlleva un impacto social positivo”.

Una vez más me pregunto, ¿Dónde estarán los equilibrios?  ¿Cómo favorecer los niveles adecuados de desobediencia y que la desobediencia sea “constructiva? ¿Qué hacemos con los sistemas que ahogan la desobediencia? ¿Cuánto y cómo es necesario flexibilizarlos?

Ya me estoy imaginando la próxima vez que le diga a mi hijo: “esta es la norma, pero por supuesto, tienes derecho a desobedecer”… y me imagino aclarándole que puede desobedecer siempre que lo haga de manera constructiva. ¿Cómo me responderá?  Así compenso todas la veces que le he dicho: “hijo, hoy toca obedecer y punto”.  😉

Ane Agirre

papelitosLos brillantes eventos de innovación que organiza nuestro amigo Alfons Cornella  acostumbran a congregar perfiles muy variados: mundo corporativo, emprendimiento, academia, artes, tercer sector… Recuerdo que en uno de ellos –Re’09 -tras una mañana de intensa reflexión e información, llegado el momento del café, nos repartió unos papelitos y soltó esta bomba: “ahora cada uno que escriba en ese papel lo que es para él la felicidad”.

Hice lo que pude para tragar la bola en que se convirtió mi mini-palmera  y empecé a darle vueltas con gran pudor, intimidada por la intelligentzia reunida en la sala.  Al final compartió lo que habíamos producido todos.  Había definiciones filosóficas, otras que relacionaban la felicidad con aspectos más concretamente éticos; algunas apuntaban al contexto, otras la libraban a la subjetividad más absoluta y por supuesto, no faltaron las aportaciones neurofisiológicas.  Algunas de ellas: “la felicidad es un estado de conciencia“, “la felicidad tiene que ver con cómo nos hace sentir la virtud“, “la felicidad es equilibrio“…No recuerdo lo que hizo después con esa producción, pero si recuerdo la definición que más me interesó:

La felicidad es una interpretación de la realidad

Araceli Cabezón de Diego

No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz