19b282078c94a4ec307a8d65314a7172Son elecciones. Elegimos unas cosas antes que otras. Elegimos hacer esto en lugar de aquello. Elegimos estar más tiempo con unas personas que con otras. Elegimos callar o hablar. Elegimos escuchar más o menos. Elegimos resignarnos o seguir luchando.

Y en relación al pasado, elegimos aceptarlo tal y como fue o seguir resentidos con lo que ha sido injusto y doloroso, e incluso podemos elegir utilizar ese pasado para seguir sembrando confrontación, distancias y violencia. Claro que podemos. El asunto es si aporta algo valioso para alguien y si desde esa emoción podemos construir un futuro mejor para todos.

Las situaciones de “elegir continuar en la emoción del resentimiento” se dan en ámbitos personales, profesionales, políticos y sociales. Estamos viviendo estos días la polémica generada en Euskadi en torno al día de la Memoria de las víctimas y viendo la opción política del nuevo presidente de los EEUU, que decide profundizar y avivar la emoción del resentimiento, el odio y los prejuicios para captar votantes descontentos.

También lo vemos todos los días en el ámbito de las organizaciones: muchas veces optamos por permanecer resentidos al considerar que la empresa nos trató mal, no nos promocionó, decidió una congelación salarial que perjudicó nuestra calidad de vida, cerró una división y se perdió empleo, etc. Desde luego, permanecer resentidos es una opción.

Hay otra opción. Que es aceptar el pasado tal y como fue. Y aceptar no significa ni olvidar, ni cambiar de opinión sobre lo injusto y doloroso que fue, ni justificarlo, ni bajar los estándares sobre lo que nos parece ético y justo. Ni significa renunciar a pedir las reparaciones que sean pertinentes y necesarias. Y desde luego, no significa para nada renunciar a luchar por un futuro distinto. Al revés, significa liberarse de la emoción del resentimiento, a través del perdón, de manera que sea posible plantear nuevas posibilidades o decisiones más acertadas en el futuro

Os recomiendo la película Trumbo (2015), dirigida por Jay Roach, que cuenta la represión que vivieron en Hollywood en los años 50, las personas cuya ideología era el comunismo y os invito a ver la última escena. El protagonista de una situación injusta, vivida durante mucho tiempo, tiene clara su opción. Está claro que podemos elegir.

Ane Agirre

 

 

 

11250916_10205675528182149_1430058112866729514_nUna vez recogido el guante de Ane y aun habiendo cambiado “lo intentaré” por “lo haré“, inevitablemente ayer llegó el día 1 y seguramente, los primeros desengaños.

Los propósitos incluso cuando están bien declarados, suponen un esfuerzo adicional y no siempre somos capaces de cumplirlos.

El problema es que además del disgusto de no haber empezado bien, en muchas ocasiones nos sentimos mal por sentirnos mal; nos decimos frases como “no tengo derecho a sentirme mal” o “estar triste no sirve para nada” y yo no compro ninguna de las 2 afirmaciones.

Todo el mundo tiene derecho a sentirse como le da la gana ya que todas las emociones son legítimas. Por otra parte, esas emociones que tildamos de “negativas”, pueden ser muy eficaces.

Podemos estar tristes por no haber cumplido nuestro propósito postvacacional y hasta puede ser saludable; además de hacernos más humanos, nos enriquece y nos puede dar la pausa necesaria para redefinir lo que queremos con más garantías de éxito.

Así que toca sentir, reflexionar y volver a empezar. Hoy mismo puede ser un gran día para hacerlo 🙂

Oscar Garro

 

REGALOMotivado por la cercanía de las fiestas de Navidad, el Wall Street Journal volvía al ataque con las teorías del profesor Waldfogel, que a lo largo de 20 años ha estudiado la dinámica de los regalos desde el punto de vista financiero, para concluir que regalar en Navidades, es despilfarrar. En su teoría, que parodiando al protagonista del Cuento de Navidad de Dickens, denomina  Scroogenomics  advierte del desequilibrio que se produce entre el valor que atribuye al bien la persona “regalada” y el precio que ha pagado el “regalante” por él. Tras cifrar la diferencia en un 20%,  se aplica a hacer un montón de consideraciones sobre la cantidad de regalos que terminan en la basura, el disparate económico que eso supone, y la conveniencia de trocar los regalos en intercambio de “vales monetarios”.

No digo que sea mala idea; muchas parejas se han ahorrado las cucharitas de plata, los falsos jarrones chinos, y un sincuento de adornos domésticos al adoptar esa disimulada fórmula de efectivo que es la lista de boda. Sin embargo, encuentro una diferencia entre ese regalo y el regalo de Navidad. Cuando una pareja se casa necesita el apoyo económico de toda la comunidad, y los regalantes se esmeran en combinar capricho y  utilidad en su ánimo de contribuir a la felicidad del nuevo hogar. Pero un regalo navideño no pretende arreglar la vida de nadie, no tiene finalidad, pertenece a la categoría del “don”. Se regala porque sí, porque pienso en ti, porque me apetece darte este gusto, porque quiero provocarte alguna emoción, aunque sea en fecha pautada… Su sentido yace en el establecimiento de lazos mediante la entrega simbólica de quien regala. Y esos intangibles no los mide el señor Waldfogel.

¡Póngase al día, Mister! y recuerde que ya empieza a hablarse de implantar cambios en las métricas del PIB  mediante el concepto PIB+ que además de medir la riqueza producida mide también intangibles como lo que se hace con el planeta para conseguirla  y cómo lo pasa el personal al hacerlo.

Queridos lectores. A nosotros nos  encantaría que os tomarais esta felicitación como un regalo de tiempo, de cariño y de emoción totalmente inútil.

¡FELIZ NAVIDAD!

VESPER

 No puedo resistirme a rendirle homenaje. Nos deja una mezcla de sabiduría, innovación, belleza y coraje. Entresaco unas  palabras del discurso que habréis escuchado mil  veces, y que en Vesper hemos utilizado otras  mil,  para ejemplificar los temas que trabajamos con nuestros equipos directivos.  Las que hoy más me impresionan son  estas:

Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder…No  hay razón para no seguir el dictado de tu corazón…La muerte tiene la virtud de aclarar todo lo que querrías hacer de  nuevo. Ahora lo nuevo eres tú.

Tu tiempo es limitado, no lo malgastes viviendo la vida de otros….no te dejes atrapar por el dogma que supone vivir según el pensamiento de otro….no permitas que el ruido de las opiniones de los demás apague tu voz interior….y lo más importante, ten el coraje de seguir las instrucciones de tu corazón y tu intuición…Todo lo demás es secundario”

Pero él, además de los otros, tenía otro don: permitirse pensar en lo que quería. No todo el mundo se da ese permiso. A mi juicio ese es un paso anterior necesitado de un entrenamiento para el que no sé si basta con el “recuerdo de la muerte”.

Araceli Cabezón de Diego

Hace unos años los divertidos, fundamentosos e impronunicables  economistas suecos Jonas Ridderstrale Kjell Nordström, autores del best seller Funky business  hablaban de corporaciones sexy, y de cómo tenían éstas que aprender a seducir a clientes, accionistas y colaboradores  apelando a las emociones.  

Hace unos días alguien cerca de mí se refería a ello, y  mi oído interior tropezaba como entonces con la palabra “sexy”  por lo explícita,  mientras se deslizaba gustoso hacia la palabra seducción, … y lo dejé estar.

Hace unas horas, deleitándome con un número de Harper’s Bazaar he ido a dar con un sugestivo y viejo artículo publicado en 1964 por Mary Jean Kempner, donde hablaba del juego del flirteo, y de cómo su evolución  había terminado matando el concepto: “flirting went to bed and died there”  (algo así como “el flirteo terminó en la cama y allí murió”).  En auxilio de su argumento la articulista traía a colación la definición de flirt de un crítico francés del diecinueve: “attention without intention” (“atención sin intención”). Me rendí ante la sutileza del enunciado y volví mi mirada al mundo de las organizaciones: ¡qué relajado prestar atención al otro sin pretender cobrárselo en el momento, qué higiénico sustituir de vez en cuando el juego de esgrima por el de la seducción,  qué divertido dejar en suspenso cualquier finalidad y dedicarse a lo productivo del instante! ¿Traerá además mejores resultados?

Araceli Cabezón de Diego

Hace un par de meses tuve el privilegio de impartir, junto con mi buen amigo Joan,  una clase sobre “coaching en el ámbito empresarial”, dentro del Postgrado de Coaching del Idec-UPF de Barcelona (Instituto de Educación Continua – Universidad Pompeu Fabra).

La sesión  fue en sábado– un precioso y soleado sábado de mayo que invitaba muy poco a encerrarse en una aula– y empezó además a las nueve de la mañana para acabar a las tres de la tarde … Escenario de “cierto riesgo docente”.

Después de la pausa de media mañana, cuando reemprendíamos la clase, una de las alumnas dijo que “quería decir una cosa en nombre de todos” y a continuación, sencillamente, dijo que … “quería darnos las gracias”.  Por las horas  que estábamos compartiendo, por haber conseguido captar su atención,  y por nuestro interés y nuestra pasión en lo que estábamos explicando.  Me pareció un acto – el de agradecer – tan maravillosamente sencillo como potente. Podéis imaginar nuestro “subidón” y lo emocionante de recibir el regalo imprevisto de un reconocimiento tan generoso …

Cuando agradecemos – de verdad y desinteresadamente – el foco lo estamos poniendo en la otra persona; estamos valorando su interés, su esfuerzo, su amabilidad, su qué y su cómo …  Y de alguna manera  le estamos diciendo que “nos hemos dado cuenta”, que lo hemos recibido, que lo apreciamos  y que le estamos agradecidos.

Desde aquel día procuro practicar aún más el ejercicio de la gratitud y resulta que, además  de facilitar la relación, la complicidad y la confianza, me hace mucho más sensible a la perspectiva “del otro” y a entender mejor eso que todos sabemos : que además de la mía, existen otras formas de ver las cosas.

Jordi Foz

Me parece que con este post me puedo meter en un charco.  Pero lo hago plenamente consciente y sabiendo que el público amigo que nos lee  me aceptará tratar una cuestión potencialmente espinosa o polémica.

La reflexión surge de algo que me sucedió hace unos días  : fui invitado por una escuela de negocios a la presentación de un interesante libro sobre los equipos …  En principio, la presentación de un libro acostumbra a ser un escenario seguro, escogido y deseado … Pues lo cierto es que lo viví, primero con incomodidad, después con perplejidad y vergüenza, para marchar finalmente – en cuanto pude por cierto – con una buena dosis de incontenible irritación.

Alguien se debió sentir en la sacrosanta obligación de “innovar más de la cuenta”, de tal manera que un encuentro de sana curiosidad intelectual se convirtió en escenario muy forzado de cánticos, movimientos y rítmicas palmadas y chasquear de dedos…  Alguien decidió que fuera una “tarde inolvidable” y ciertamente lo consiguió conmigo.   Inolvidable … e irrepetible,  por lo menos para mi y en esa escuela.

Algo debería de haber sospechado cuando el introductor de la presentación empezó a decir que “si hubiera más amor en las empresas” no hubieran tenido que escribir ese libro ¿¿??  Y, por si acaso, quiero dejar constancia pública de que soy un ferviente fan del amor : amo a mucha gente que lo sabe, a alguna que lo intuye y, seguramente, a alguna que nunca lo sabrá.  Además de a cosas, lugares, ideas, recuerdos, etc… Por ahí no me considero sospechoso, pero cuando se citó “el amor”, así en abstracto y en aquel contexto, no pude evitar pensar en nuestros queridos clientes/amigos y en qué hubieran opinado de estar allí. El problema no es “el amor”.  Para mi, el problema es “el pudor” o, por decirlo con propiedad, el impudor.

¿ Es condición indispensable ese impudor para ejercer está apasionante profesión nuestra ? ¿El mostrarse sonriente, optimista y “abierto” siempre,  en cualquier momento y contexto? ¿ Será posible que no sirvamos las personas serias, reservadas, pudorosas, discretas, sobrias. Las que podemos tener malos días o días más tristes…?  ¿Seremos bichos raros aquellos que cuando vamos a la presentación de un libro esperamos que nos hablen de un libro y no que  nos hagan bailar, cantar, o abrazar con la persona que nos ha tocado al lado?

Evidentemente, no hablamos de sentido del humor – que me parece uno de los mejores signos de civilización y cultura – ni de alegría, ni de vulnerabilidad, ni de compartir.  Hablamos de oportunidad, de contextos,  de forzada impostura …  Y hablamos, sobre todo, de  naturalidad (qué maravillosa palabra) , de no forzar lo que no es. De reivindicar la plena vigencia y la licitud del pudor, de reservar para la  intimidad que escojamos – y sin ningún complejo –  la expresión de determinados sentimientos.  Debo reconocer que salí, además de irritado, absolutamente convencido y beligerante en la asunción y reivindicación de mi entrañable intimidad y de mi bendito pudor.

Jordi Foz