post hocPost hoc, ergo propter hoc –  “después de eso, por lo tanto, causado por eso”. Esa  falacia      lógica nos permite presumir que un evento es causa de otro, por el simple hecho de que le precede.

…y así erramos atribuyendo a la cronología una función causal…

…y así nos confundimos concatenando causas y efectos que no son tales…

…y así perdemos de vista que pocas cosas tienen solo una causa…

..y así resolvemos sólo a medias…

…y así ponemos remedios donde no se necesitan…

…y así formamos nuevos conflictos…

Eso pensé  mientras veía un episodio de “The west wing“.

Araceli Cabezón de Diego

Anuncios

Hace unos años comencé a hacer pinitos en la música de cámara: servidora al piano y  mi amiga Vicky Mathews a la flauta travesera.  Comenzamos por un dúo facilito, y al cabo de varios ensayos, le pedimos a nuestra profesora que nos escuchara; ¡estupendo, nos dijo,  ya sois dos solistas tocando la misma pieza con instrumentos distintos! ¿qué os parecería ahora empezar a hacer música de cámara?….Nos miramos perplejas y le pedimos que nos acompañara en ese camino.

Lo primero que sugirió fue que probáramos a escuchar a la otra. Tan afanada estaba cada una tratando de hacer bien su parte, que no hacíamos un dúo, sino dos piezas más o menos paralelas. Aprender a escucharnos no fue fácil, pero nos permitió darnos cuenta de que cada una sentía la pieza con un ritmo distinto, de que mientras una hacía una dinámica muy romántica la otra optaba por una más austera, de que una articulaba en un sitio, y la otra respiraba donde el diafragma le permitía; o sea, nos faltaba una visión compartida de la partitura. Así que trabajamos juntas, escuchamos distintas versiones y decidimos cómo nos gustaría sonar. Y así conseguimos acordar tempos, dinámicas y fraseo para traducir el sentido que queríamos dar a la partitura. Nos íbamos acercando, pero cada ensayo nos traía un tropiezo distinto. Con el tiempo aceptamos lo que todos los músicos saben: que es muy difícil una interpretación libre de contingencias. Pero tocar en cámara, a diferencia de tocar a solo, permite que los lapsus, desconcentraciones, nervios, o incluso el deficiente estudio  de uno, sean disimulados por el otro, que  los capta “al vuelo”, y acomoda su interpretación  para dar continuidad a la coherencia del discurso  musical. Esta confianza en el otro no exime al instrumentista de saberse responsable de su parte, y además del conjunto, pero también es cierto que le permite moverse con la seguridad de que sus posibles errores no restarán sentido a la obra, porque los demás  están ahí para garantizarlo. Es decir, enseña a aceptar  los errores del otro y los propios sin desestabilizarse. ¡Sin parangón con la soledad del “solista”!

Cuando ya habíamos descubierto todo esto, nos planteamos alguna pieza a tres, y  le pedimos al joven talento violinista Pablo Díaz Sánchez que nos acompañara. Para nuestra sorpresa accedió, y entonces dimos un paso más: descubrimos cómo gestionar los egos. Los primeros días temblábamos por no estar a la altura de nuestro joven acompañante (él necesitaba un ensayo donde nosotras diez), y además no sabíamos qué protagonismo habría que cederle  en el conjunto, y cuál era el que nos correspondía a nosotras. ¡Nada más fácil!. Un solista brilla por sí solo, pero el intérprete de cámara está al servicio del conjunto. La partitura cede protagonismo por turnos. En ocasiones la función de uno es simplemente subrayar la actuación del otro, y en otras la partitura exige asumir el protagonismo sonoro  mientras los demás apoyan, y todos sirven al conjunto.

Seguimos trabajando y aprendiendo a comportarnos como conjunto de cámara, y en nuestros ensayos una constante:  el placer infinito, lo bien que lo pasamos, la sonrisa con la que salimos .

¿Algún parecido con lo que es un equipo de alto rendimiento? No hablamos de comités de dirección-conjunto de cabezas brillantes. No hablamos de varios directivos que tocan a la vez y con diversos instrumentos  la misma pieza. Hablamos de algo superior, de una entidad diferente, de un conjunto que produce algo distinto, potente,  armónico, eficaz, con sentido…y ¡encima lo hace disfrutando!.

Un team coach acompaña a los comités de dirección para que eso ocurra.

Araceli Cabezón

El sábado 1 de julio de 1.916, a las 7,30 horas, se iniciaba la batalla de El Somme.  A esa hora, miles de jóvenes británicos, muchos de ellos de apenas 18 años y sin ninguna experiencia de combate, salían de sus trincheras y, caminando (se les había prohibido correr porque su bisoñez hacía desconfiar a los mandos sobre su capacidad para un “ataque rápido”), se dirigían hacia las trincheras alemanas.  Se calcula que treinta minutos más tarde, a las 8, se habían producido alrededor de 3o.ooo bajas … sobre el total de 57.470 (19.240 muertos) que sufrió el ejército británico  sólo en ese día. Un número no superado en ninguna otra jornada de su historia.

Sobrecargados con pesados equipos, avanzaban al paso, en líneas uniformes, presentando el mejor blanco a las mortíferas ametralladoras alemanas. Cuando una línea de hombres era literalmente aniquilada, surgía otra, regularmente espaciada a un centenar de metros …, sin importar lo que le acababa de suceder a la precedente.

Aunque parezca increíble, sucedió hace menos de cien años. Y el horror no es sólo que sucediera.  El horror es que, pese a lo que estaba pasando, la misma “rutina” continuó durante el resto de la jornada.  ¿ Qué explicación puede existir para la perseverancia en el error de los mandos ?. Los historiadores hablan de distintas causas, no concluyentes : el sentimiento militar de compromiso con el plan trazado, la consideración de la época sobre lo inevitable de cuantiosas bajas, subestimar el creciente “perfeccionamiento” de las ametralladoras y – la más probable – la simple ignorancia de lo que estaba sucediendo, el dar por supuesto que las trincheras alemanas habían sido destruidas por días de bombardeo previo, que había sido eliminado el alambre de espinos…   En definitiva, la dramática incapacidad de conocer y evaluar los datos, de reconocer el error …  y de cambiar de estrategia.

Jordi Foz