the_cider_house_rules-941679230-large“¿Quién vive a este lado de la casa? ¿Quién muele las manzanas, prepara la sidra, limpia toda la porquería? ¿Quién vive aquí, sin más, respirando todo ese vinagre? Alguien que jamás ha vivido aquí las inventó. No son para nosotros. Deberíamos crear nuestras propias normas. Y eso hacemos cada día sin excepción”.

El Sr.Rose no aceptaba las normas de la casa de la sidra y no se sentía comprometido con ellas. Dirigía un equipo de trabajadores en unas condiciones muy duras y “las cosas” funcionaban según las reglas que ellos habían establecido. No se sentían ni Príncipes de Maine ni Reyes de Nueva Inglaterra; simplemente hacían sidra y tenían muy claro cuál era su negocio y cómo tenían que trabajar.

Cuando acompañamos a un equipo directivo en un proceso de team coaching, ponemos el foco en tres cuestiones que consideramos claves: el propósito,  los valores y las reglas de juego. Y nos detenemos mucho en esta última porque aunque parezca simplemente “higiénica” y operativa, conforma la base donde se empieza a construir la confianza.

Eso sí, las distinguimos claramente de unas normas “externas” porque es el equipo el que decide sus propias reglas para coordinarse y relacionarse. El consenso y la libertad de elección refuerzan el compromiso y éste es imprescindible para avanzar en el camino hacia el alto rendimiento.

Oscar Garro

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Jean-Michel Basquiat and Andy Warhol: ‘Win $1,000,000’ (1984)

Un recuerdo: hace dos días fue el 27º aniversario de la muerte de Jean-Michel Basquiat. Se fue como vivió, rápido y sin dar explicaciones…a los 27 años.

Una reflexión: Basquiat pintaba mientras charlaba, escuchaba música o veía la televisión y en muchas ocasiones, componía sus cuadros con objetos que se encontraba por la calle. Esa manera de crear le convirtió en un precursor de cómo trabajamos y aprendemos hoy en día…a pesar de que Internet se expandió dos años después de su muerte.

04-michael-halsband_nocrop_w529_h565_2xUn aprendizaje: qué gran resultado podemos obtener cuando combinamos el talento con la confianza, el respeto y la generosidad. El bromance de Warhol y Basquiat produjo un centenar de obras que han quedado para la historia del arte como ejemplo de colaboración. “Dos mentes asombrosas que unidas, eran capaces de crear una tercera mente totalmente separada y única” (Keith Haring).

Una recomendación: la excelente exposición que podéis disfrutar en el Museo Guggenheim de Bilbao. Mensaje y belleza para disfrutar y escuchar.

Oscar Garro

 

Gueules casséesComo amante de la historia contemporánea me sorprendió encontrar el término “Las caras rotas” (Les gueules cassées)  en un artículo de El País Semanal que, en principio, nada tenía que ver con la Primera Guerra Mundial.

Este concepto hace referencia a los soldados franceses que en aquella guerra atroz sufrieron graves mutilaciones faciales y fue acuñado por uno de esos “caras rotas”, el coronel Picot, quien fue además el primer presidente de la Unión de Heridos en Cabeza y Cara. De forma paradójica, dos grandes “avances” científicos impulsados por la propia guerra, posibilitaron la existencia de miles de personas desfiguradas: la aterradora capacidad destructiva de las nuevas armas y el extraordinario avance de la cirugía que permitió sobrevivir a heridas que poco tiempo antes hubieran sido definitivamente mortales.

Pues bien, también en Francia, ha aparecido recientemente bajo esa misma expresión una corriente reivindicativa de la bondad de ese más del 30% de frutas y verduras “feas” que el mundo actual, tan obsesionado al parecer por la estética, desprecia de entrada por su mal aspecto. El movimiento, que según dicen está arrasando, utiliza un lema que invita a la reflexión: “Un poco menos bonito, pero igual de bueno”.

Es casi inevitable encontrar inquietantes analogías con el mundo de las relaciones interpersonales y en particular con el de las organizaciones: ¿Cuánto de bueno se desecha por una apariencia mejorable o poco estándar? ¿Cuánto talento, creatividad, ideas, pueden desperdiciarse en las organizaciones al estar ocultos tras personalidades introvertidas, incómodas, críticas, poco empáticas o simplemente tímidas? ¿Hasta qué punto nos condiciona la moda de los productos idénticos, de aspecto y color saludables… pero perfectamente insípidos?

No podemos asumir el riesgo de quedarnos en la superficie de las cosas, en su estética o apariencia. Propongo una firme beligerancia en favor de las oportunidades para “todas” las personas. Y tengo la seguridad de que detrás de muchas supuestas caras rotas existen “sabores” únicos, cualidades, talentos y potenciales extremadamente valiosos y que, si no contamos con ellos, nos estamos perdiendo aportaciones necesarias e irremplazables.

Jordi Foz

TrapecistasEn una anterior viñeta “comprometí” mi confiabilidad (la competencia de cumplir las promesas, según Echeverría) a seguir tratando sobre ésta en una viñeta posterior. Hoy cumplo ese compromiso que quizá en su momento creara alguna expectativa en alguien … (por cierto, es normal que los compromisos generen expectativas, pero no lo es -aunque sea tan habitual y frustrante- que nos creemos expectativas sin ningún compromiso previo por parte de nadie). 

Nuestra confiabilidad, que no es espontánea ni genética ni estructural, se corresponde con nuestra imagen pública, es decir, la construyen los demás a partir de su experiencia en relación a nuestras acciones y de la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos : así de sencillo y así de complicado.

Y entonces ¿cómo se puede generar confiabilidad? Evidentemente, cumpliendo los compromisos de manera sistemática y “natural”; actuando con sinceridad, veracidad y autenticidad. Y cuando un compromiso resulta imposible de cumplir… optar (elegir) por afrontarlo : mostrando vulnerabilidad, dando explicaciones lo antes posible y pidiendo disculpas.

Y las herramientas son tan antiguas e inusuales como el mismo mundo : la conversación y la escucha. Saber conversar y saber escuchar (incluyendo, claro,  el saber dar y recibir feedback) son, en mi opinión, los mejores generadores de confianza.  Esa confianza tan ligada al concepto de aceptación y que, como la desconfianza, acostumbra a ser recíproca : la confianza y la desconfianza generan confianza y desconfianza.

Jordi Foz

¿Se puede vivir una vida entera de falsedad, impostura y mentira? ¿Es posible convivir, ser pareja, padre, madre, hijo, hermano o amigo de alguien que, simplemente, …  no existe (!); de alguien que resulta no ser quien todos creen que es? ¿Es posible vivir una “vida de nadie”?

Estas son las cuestiones que afronta esta interesante película del director Eduard Cortés,  una de las varias  que se basa –libremente– en la no menos sorprendente historia del francés Jean-Claude Romand, relatada en un libro titulado “El Adversario”.

Se suele decir –y así me lo parece- que la realidad es capaz de superar la más fantasiosa de las ficciones y, en su increíble historia real, Romand fue durante su juventud alguien “normal”, un buen estudiante que decidió cursar medicina.  Según declaró en su juicio, todo empezó un día que tenía un examen de Fisiología de 2º y no oyó el despertador … y no se presentó.  Ese hecho tan frecuente y tan trivial marcaría el resto de su vida.  Al no querer reconocer que no se había presentado al examen comenzó su gran mentira que durante 18 años (!), día a día, supondría construir una vida absolutamente inventada en la cual “alcanzó” una muy respetada y confortable posición como médico de la OMS en la vecina Suiza.

Cuando todo estalló, y aunque intentó suicidarse, Roland fue el único superviviente de toda su familia : esposa, hijos, padres … Desde 1996 cumple cadena perpetua.

Sobre esta historia inverosímil se construye la trama de esta película en la cual, José Coronado interpreta magistralmente un “ejemplar” padre de familia y directivo del Banco de España.  Un film, en mi opinión, muy honesto, bien hecho, persuasivo, que mantiene el ritmo y la tensión y con unas excelentes actuaciones.

¿Se puede vivir una vida que, en realidad, no es la propia? ¿toda una vida engañando y engañado? ¿durante cuánto tiempo es posible hacerlo? ¿a qué precio?  Y estas preguntas, ¿nos sugieren algún tipo de reflexión?

Jordi Foz

Un día extrañamente frío de primavera hice un viaje en coche con una pareja de amigos, invitados todos a celebrar el cumpleaños de una amiga común muy querida, en su estupendo pueblo castellano. Conducía ella,  copilotaba él; yo me dejaba llevar perezosamente mecida por la pericia de la conductora y lo amable de la conversación. En un momento dado Julian le advierte : “cuidado, hay control de velocidad”; se me disparó una alarma, pero mi amiga continuó su conversación como si tal; minutos después le lanza la segunda advertencia y, ahora sí, me preparé para escuchar una sarta de improperios sobre los inconvenientes de llevar al marido de copiloto; pero para mi sorpresa Julia se dirige a mí y me dice: “…es que Julian es un cumplidor de normas; “ya la tenemos”, pensé ante lo que yo juzgaba un calificativo de poco prestigio. ¡Pero no! Julian, que  es ingeniero aeronáutico se volvió hacia mí , orgulloso del epíteto que acababa de recibir: “la norma es lección aprendida“, “la norma es gestión del conocimiento“, “la norma nos permite vivir; es la consolidación de una experiencia, se establece después de haber cometido varios errores, y encontrar la forma de hacerlo bien”.

Esto cambió mi perspectiva de la cosa. Hasta entonces había visto en la palabra norma un sinónimo de restricción, imposición, y latas varias. Seguimos hablando de las normas y encontramos que además la norma es una forma de contrato, proporciona confianza en el otro, porque permite predecir lo que va a hacer y facilita nuestra acción. Y terminamos concluyendo que si no hubiera normas, no habría posibilidad de innovar quebrando alguna de ellas.

,,,y además, por lo visto, Julian baila de miedo. Me pregunto si su estilo será muy académico, o se desmadrará en plan creativo…(-:.

Araceli Cabezón

Uno de los primeros recuerdos que tengo de esconder mi ignorancia me lleva a los felices tiempos de la preadolescencia, cuando en la cuadrilla de amigos se empezaba a tratar los temas del sexo. Yo era de los más jóvenes y cuando oía las intervenciones sobre este asunto, me sonaban a chino. Me limitaba a soltar un “¡Ya te digo!” tras sus comentarios, pues sabía que cualquier aportación por mi parte dejaría al descubierto todas mis carencias en tan importante materia.

Pero a todo cerdo le llega su San Martín y un día te encuentras con una pregunta directa, de la cual no te puedes escapar, rodeado de muchos pares de ojos que esperan una respuesta que desconoces, mientras sientes ese sudor frío que precede al pensamiento de “¡Estoy perdido!” al ser consciente de que no tienes el comodín de la llamada. Se conocen pocos casos en los que se haya salido airoso de esta situación, lo habitual suele ser un interminable silencio en el que tu cara se desencaja o el típico intento a la desesperada previo a un sinfín de carcajadas y abucheos. Las consecuencias pueden ir desde una exclusión de la manada a, como mínimo, pasar a ser un paria con el que no se tratan determinados temas.

Desde aquella época, en la que algunas mujeres dicen que se detiene la maduración mental masculina, he aprendido alguna cosa sobre el sexo pero, sobre todo, he aprendido lo fácil que es quebrar la confianza y lo difícil que es recuperarla. Además de saber que no está reñido el dejar claras tus áreas de mejora con seguir siendo alguien a quien los demás recurren cuando lo necesitan.

Ahora digo más a menudo “No lo sé”, preguntando a quien lo sabe o tratando de buscar la respuesta juntos, especialmente con Mikel, mi hijo, que me pasa el brazo por los hombros y me dice “Vamos a buscarlo en Google”, aprendiendo todo lo que me habría perdido si me hubiera inventado la respuesta para fingir ser un padre omnisapiente. Y no por eso he dejado de ser su referencia a la hora de resolver dudas.

Vulnerabilidad y confianza pueden ir perfectamente de la mano.

Víctor García