lenonUna emisora de música pop que acostumbro a escuchar, enuncia su motto entre programa y programa, parafraseando una de las muchas sentencias atribuidas al Beatle John Lennon (*).

“Eres lo que escuchas”. La primera vez que lo oí me pareció muy pretencioso. ¡Ay madre, pensé: yo no soy una onda, ni siquiera una onda pop! Aliviada por esa autodeclaración quedé pensando que tenían más razón que un santo, pero al revés: “escuchas lo que eres” me parecía más acertado.

A veces, cuando escuchamos al otro, metemos su discurso en nuestro esquema de comprensión del mundo, encajamos su historia en la nuestra, creemos entenderle cuando dice algo que nos “suena” y solo nos sentimos cómodos cuando aparece en su conversación uno de esos “ganchos” que nos permiten identificarnos con lo que dice. En realidad buscamos en el otro, lo que somos nosotros, “escuchamos lo que somos”.

Una sana práctica para escuchar al otro en lugar de escucharnos a nosotros mismos es utilizar la pregunta, especialmente cuando encontramos  en su discurso uno de esos ganchos que nos producen la ficción de estar entendiéndole. “Si no te he entendido mal.…..”, “¿Quieres decir con eso que….”, “¿Puedes ampliar eso que me dices….?” son  preguntas que ayudan a salir de la autoescucha y entrar en la escucha del otro.

Araceli Cabezón de Diego

(*): “Cada persona es el reflejo de la música que escucha

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lenguas2Los griegos pensaban que la forma de hablar de los demás pueblos no era lengua. La palabra griega βάρβαρος (barbaroi) derivaba de una onomatopeya que imitaba el sonido de los no-grecoparlantes (como si éstos fueran uno solo),  y  significaría algo así como “el que no habla”.

Más de 7000 años después tenemos repertoriadas casi  7000 lenguas distintas vigentes en el mundo (6912 si fuera posible ser exactos). Reconocemos como lenguas las que se hablan en otros países  distintos al nuestro y estamos seguros de que los habitantes de otros lugares sí saben hablar, por raros que nos parezcan su sonidos o sus estructuras.

Pero pasar del reconocimiento de colectivos al reconocimiento de individuos….¡es otro cantar! El mismo  código lingüístico, el mismo significante, la misma palabra, tiene casi tantos significados como individuos la utilizan.  A cada significado del diccionario le superponemos nuestra experiencia individual, nuestro contexto cultural, nuestro mundo de creencias personales y colectivas. Y eso hace que muchas veces reputemos al otro como barbaroi, simplemente porque no atribuye a una palabra el mismo significado que nosotros… y en vez de escucharle para descodificar, le traducimos a nuestro código o nos quedamos tan anchos pensando que no sabe hablar.

…una vez más, esto de  conversar tiene que ver sobre todo, con aceptar y escuchar.

Araceli Cabezón de Diego

 

 

ListeningEn nuestras viñetas, hemos hablado a menudo sobre esta competencia “mágica”, pero nunca parece ser suficiente.

Escuchar para entender; para entender lo que dice la otra persona y desde dónde lo dice, en lugar de escuchar para rebatir o responder, como hacemos habitualmente.

Si estoy elaborando mi respuesta mientras el otro habla, estoy a la defensiva y no dejo ningún espacio a entender lo que me está mostrando de sí mismo, a lo que me está diciendo, a interpretar sus palabras y a permitir que me influyan.  Escuchar es oír más interpretar y darle un sentido a lo dicho.

La buena noticia es que la escucha es una competencia que se puede desarrollar. “Sólo” hay que tomar conciencia y practicarla… incansablemente.

Peter Drucker decía que “Demasiados directivos piensan que son maravillosos porque hablan bien. No se dan cuenta de que ser maravilloso para las personas significa escuchar bien”. No podría estar más de acuerdo.

Jordi Foz

TokioLa definiría como un “cuento delicioso”. El arte de la elaboración de la pasta de judías, ingrediente indispensable en el dorayaki, uno de los pasteles clásicos japoneses, le sirve a la directora, Naomi Kawase de hilo conductor para ofrecernos un relato íntimo, pausado y delicado.

Sentaro es el humilde dueño de una panadería especializada en hacer dorayakis que se encuentra con Tokue, una amable y dulce anciana. Tienen en común, con otro tercer personaje, vidas que supuran melancolía y soledad. Nos emocionan con su fragilidad y nos reconfortan.

Es un relato con muchas lecturas. La relación con la naturaleza, el presente, la aceptación de la muerte, la integración del diferente, el valor de las tradiciones…

Y yo elijo el mensaje de “dar sentido”. Y recuerdo las palabras de Josep María Esquirol, “hay una especie de gozo implícito en hacer bien las cosas”. Porque es en la cotidianeidad, en nuestros gestos con los que nos rodeamos, donde podemos encontrar mucho sentido a nuestros actos. Y en definitiva, encontrar sentido a nuestra vida.

Disfrutad de la película y no os perdáis la última escena. Os invito a “escuchar” la corporalidad, emoción y expresión de Sentaro y después, a hacerlo con la vuestra 😉

Teresa Aranguren

Esta escena de “A late Quartet” me impresionó por lo bien que refleja el momento previo al concierto.

El silencio que permite crear un espacio compartido para una buena interpretación conjunta.

El hábito de “escucharse” primero, antes de que nadie diga nada.

Qué error tan común el que cometemos cada vez que empezamos a hablar sin mirarnos y sin reconocernos.

Es fácil constatar que a muchas conversaciones les falta su silencio inicial. Es fácil constatar que a muchos equipos les falta esa habilidad de crear el “aquí y ahora” compartido en el que conversar productivamente.

Ane Agirre

BIenvenido, Mr. ChanceEl argumento de esta excelente película es como una enorme y soberbia broma, imposible, divertida e inquietante.  Una vez más, el genial Peter Sellers recrea un personaje literalmente increíble.

Imaginaos un adulto de mediana edad, sobrio, elegante, anticuado, indocumentado, es decir, que no existe legalmente (?) y que, después de toda una vida encerrado (¿refugiado?) cuidando el jardín de una casa, de pronto se ve en la calle.  Solo, con su vieja maleta, su sombrero y su paraguas…  Chance, que así  se llama, es analfabeto: no sabe leer ni escribir, jamás ha subido a un coche, no sabe qué es el dinero ni para qué se utiliza y lo más extraordinario… no sabe mentir!  Jamás miente, ni por miedo ni por convención social,  lo cual lo diferencia de un “niño” grande y lo hace  aun más inocente.

Es un ser distinto, retraído, dócil, inexpresivo, asocial, que dice de manera literal y sin filtros lo que le pasa por la cabeza y cuya única ventana al exterior parece ser la televisión, de la que imita constantemente gestos y frases. Incapaz de sentir emociones o por lo menos de expresarlas, excepto en una escena hacia el final de la película.

Chance sólo habla de lo que sabe: plantas, flores y jardines. Pero todas sus frases simples y literales son interpretadas en clave de brillantes metáforas propias de su extraordinaria sutileza y de la genialidad de sus análisis político sociales…¿?  Se le asigna como apellido lo que él ha definido como su profesión (Gardener); cuando afirma que no sabe escribir, se interpreta en sentido literario; si dice no leer los periódicos, resulta ser por esnobismo o independencia intelectual y cuando ingenuamente asegura que le gusta…”mirar” (la televisión, claro!)  genera sonrisas cómplices y maliciosas. Especialmente memorables las conversaciones sobre “la habitación de arriba” y con el embajador soviético.

Uno dice lo que dice y los demás entienden lo que entienden.  Todos somos susceptibles de interpretar y de ser interpretados.  De ahí la importancia de esa mágica competencia que llamamos “escucha” y que tanto recorrido de  mejora tiene en todos los ámbitos de nuestras vidas.  Escuchar sin prejuicios, con los sentidos abiertos, escuchar para saber y para entender.   Bienvenido, Mr. Chance es una magnífica historia para practicar este aprendizaje.

Jordi Foz

mejor imposibleEs una  historia divertida  de tres seres singulares unidos más por casualidad que por voluntad propia.  Recuerdo no haber sentido al verla más que un tierno regusto de comedia bien hilada, hasta que llegó la escena del viaje. El estrafalario trío formado por  el neurotiquísimo escritor Melvin Udall  (Jack Nicholson), la sufrida camarera y madre soltera de hijo asmático Carol Connelly (Helen Hunt),  y el artista  Simon Bishop (Greg Kinnear), un alma cándida y bastante  “pupas”, emprende  un viaje a Baltimore para visitar a los padres de éste, con quienes mantiene una relación tortuosa, en busca de apoyo financiero para sufragar los gastos médicos originados por una paliza “a domicilio” con que le obsequiaran unos ladrones.

Tan impar como forzado, el trío se ve obligado a convivir durante un tiempo en el reducido espacio de un coche.  Al cabo de unas horas, Simon, vendado copiloto de Carol, siente la necesidad de hablar de la naturaleza de su relación filial y es ahí donde se produce uno de los mejores ejemplos de escucha que me atrevo a recordar. Para Simon la confesión era difícil, y, a pesar del boicoteo de Melvin, Carol sabe que es importante para él y decide escucharle. Al principio vemos pendulear su mirada:  al frente como conductora prudente,  a la izquierda como confidente interesada; abre los ojos, asiente, escucha; Simon sigue adelante en un relato costoso para él, comienza a emocionarse, y en ese momento ocurre: Carol para el coche, deja de mirar al frente, declara que quiere escucharle, se vuelve por  hacia él  y se entrega por completo, en cuerpo y cabeza a la escucha de su interlocutor.

Si alguien quiere aprender a escuchar, que vea, analice  y copie. ¡Mejor imposible!

Araceli Cabezón de Diego