No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz

MarCuando todo parece relajarse a tu alrededor, se hace algo extraño escribir en pleno agosto sobre cuestiones demasiado “serias”…

Para los más afortunados, el mejor regalo del verano es, en mi opinión, esta especie de tiempo suspendido, de tiempo de tregua, concepto que el diccionario define como “Cese temporal de hostilidades” “Interrupción, descanso”. Me parece que las vacaciones tienen algo de las dos cosas e inevitablemente, de una u otra manera, nos cambian las rutinas.

El tiempo pasa demasiado rápido y a veces, la adaptación al nuevo ritmo no es tan fácil ni rápida como querríamos. Las inercias tiran demasiado de nosotros y cuando apenas conseguimos reducir nuestra habitual “velocidad de crucero”… ya casi se nos acaba la tregua.

Pero nada sucede porque sí y, al parecer,  nuestra velocidad vital forma parte de un proceso de evolución de la sociedad. Os invito a leer una interesante entrevista con el filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa, en la que habla de que el precio de una sociedad muy eficiente es “vivir atrapados en la aceleración”… y en la ansiedad que lleva incorporada, “prisioneros de un ritmo de vida que nos hace infelices”.

Así que la reflexión de este caluroso día de agosto, aunque tópica por evidente, no puede ser otra que la de esforzarnos de manera consciente y activa en reducir nuestra aceleración, aunque sólo sea por unos días, y aprovechar al máximo ese tiempo suspendido y “los momentos” que nos regala; el conocido “carpe diem”la capacidad de disfrutar de nuestro presente, cada cual a su manera, sin que el peso del pasado ni la incertidumbre del futuro nos lo enturbien.

Por lo menos una vez al año nos lo merecemos… ¡Y para eso se inventaron las treguas!

Jordi Foz

Tiempo de vacaciones. J.FozPara los más afortunados es tiempo de vacaciones; de cambio en los escenarios cotidianos, en las rutinas, en la apariencia, en los roles profesionales.

De pronto, vuelve a ser el momento de aprender a manejar el tiempo libre, a sentirse bien sin hacer “nada” concreto en una sociedad que parece educar para estar siempre haciendo algo “útil”. Se reduce significativamente el número de estímulos recibidos por minuto que, además, cambian de naturaleza y de velocidad.

A veces, cuando se baja el ritmo drásticamente, puede aparecer una especie de “hórror vacui” y la ansiedad y el miedo a no saber qué hacer con ese tiempo ahora vacío que normalmente está tan ocupado… ¿Se puede añorar la comodidad de la rutina?

Pero aparecen también nuevas oportunidades de compartir el tiempo, los espacios, los juegos, los paseos, las conversaciones… con personas que habitualmente no pueden ocupar todo el espacio y tiempo que nos gustaría.

Y surgen, como un tesoro por descubrir, esos momentos de soledad que toda persona necesita,  aunque muchas no lo sepan y muchas otras los teman: un tiempo de silencio en el que uno se descubre solo, pensando y preguntándose sobre uno mismo; un tiempo de introspección serena, de meditación, de relajación, de reflexión sincera y sin prejuicios; de dejar pasar el tiempo sin remordimientos ni criterios de “rentabilidad”… Estímulos imprescindibles para nuestro cerebro y nuestro equilibrio, y que la vorágine del día a día no hace fáciles ni habituales.

Ojalá quienes tenemos el privilegio de un tiempo de vacaciones, seamos capaces de valorarlo como se merece, de acompasar nuestro ritmo vital, de saber escuchar, de querer comunicar,  y de encontrar esos momentos de conexión enriquecedora con otros y, sobre todo, con nosotros mismos.

Jordi Foz

canterbury_cathedral_choir Por razones familiares viajo con cierta regularidad a Canterbury, pequeña ciudad del condado de Kent, una de las más antiguas del Reino Unido, presente en nuestro imaginario literario por los picantes cuentos de Canterbury.

Cuando estoy allí disfruto de un lujo diario en su maravillosa catedral: antes de cenar me acerco todos los días al Choral Evensong, una especie de vísperas de rito anglicano que combina lecturas con canto.

Vivo así la puesta del sol sublimada por la sugestión de los coros, niños o adultos, según el día; un privilegio para mí solo comparable al de escuchar la propia voz entonando  los Hymn englutida en la voz de todos los asistentes y proyectada por la resonancia del ámbito gótico más antiguo del país.  Por si fuera poco, cuando eso termina, el oficiante abre un momento muy especial para finalizar el día, y dice algo así: “…este es el final de una jornada. Lo que ha sido hecho, ha sido hecho; lo que no ha sido hecho, no ha sido hecho…“.

La primera vez que lo escuché, me pareció una perogrullada. Ahora, tras mis encuentros con el  “mindfulness , lo oigo de otra manera:

..terminar una cosa y empezar otra distinta, pausar entre ambas, estar quieto, dar licencia al cuerpo para obviar  la razón, silenciar, poner foco, relajarse, estar en el presente, calmarse, perdonarse, ser consciente, descansar, estar a solas, sosegarse, escuchar al cuerpo…

…me encanta cómo suena la palabra que utilizan los ingleses para todo esto: “stillness”

Araceli Cabezón de Diego

 

Cabezas de terracota para los personajes del «Quijote» de Ibarra (1780)

Cabezas de terracota para los personajes del «Quijote» de Ibarra (1780)

He tenido la suerte de visitar la exposición que celebra 300 años de la Real Academia de la Lengua, de la mano de la académica Carmen Iglesias, una de sus comisarios. Estructurada de forma muy sugerente, la exhibición hace un repaso del fenómeno del habla sonora  hasta la revolución tecnológica, pasando por su fijación en la letra, al compás de los avatares históricos del país.  Al llegar al capítulo “España y América. La lengua que nos une”,  Carmen nos hizo notar  que en el momento de la independencia sólo había en América tres millones de hispanohablantes. ¿Con semejante superficie?, pensé ¿con semejante número de habitantes?.

Lo cierto es que los colonizadores españoles habían antepuesto la evangelización a la castellanización de los indígenas, “para ser doctrinados como personas libres que son,  no como siervos”, de manera que “en función de la preocupación evangelizadora, los reyes favorecieron de hecho que a los indios se les enseñara en sus propias, numerosas lenguas”. Infinidad de lenguas existentes, muchas de ellas sin raíz común, fueron respetadas, aprendidas y recogidas en gramáticas por los frailes españoles, con el fin de preservar su riqueza y la inocencia de sus pueblos. Sin embargo ello ocasionó un foso lingüístico entre españoles, criollos e indios, que impidió por completo su movilidad social. Fueron paradójicamete las repúblicas independientes post-coloniales quienes establecieron la enseñanza del español en las escuelas, lo que permitió brindar a los indios futuro e inserción social.

Esta visita y el post de Mette Vesterager, gran amiga de Vesper, me hicieron pensar en la complejidad que supone manejar la diversidad cultural en las compañías globales o multiculturales. Qué difícil resulta a veces el equilibrio entre el respeto, reconocimiento y valoración de lo que es distinto a uno, y la articulación de la “lengua común” que vehicula el propósito común a través de gestos, palabras y valores. ¡qué secreto temor a que la lengua común borre las singularidades! y ¡qué miedo a no disponer de una “clave universal” para allanar las contingencias del trato con “el otro” y facilitar nuestra integración!.

Araceli Cabezón de Diego

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Palabra mágica… Equilibrio entre trabajo y familia, entre planificar e improvisar, entre hablar y callar, entre reflexionar y hacer, entre el movimiento y la quietud, entre estar y no estar, entre dar y recibir,  entre la familia y uno mismo, entre sonreír y estar serio, entre cuidar y ser cuidado, entre la rentabilidad económica y la social, entre explotar el negocio actual y explorar nuevos territorios…
Y el caso es que cada persona y cada empresa encuentra los suyos propios y además, para cuando encuentra un equilibrio, algún desequilibrio emerge.  Pues es así, un movimiento constante, una pregunta que nunca tiene una única respuesta.
Me invitó a esta reflexión, la lectura del libro “el equilibrista” de Sergio de Miguel, un directivo que participó en la última edición del seminario de coaching que impartimos en la UPV. Gracias por el regalo, Sergio.
Ane Aguirre

Hace unos días leí, en La Contra de La Vanguardia, una refrescante entrevista con el escritor William Boyd.  Entre otros muchos conceptos interesantes, me resultó especialmente atractivo el que mencionaba sobre las posibles actitudes ante la vida.  Boyd dice que, ante la vida, puedes seguir el mantra del capitalismo salvaje (“haces con tu vida lo que quieres”), el del integrismo religioso (“Dios hace de ti lo que quiere) o …  el de Chejov : “hago con mi vida lo que puedo” ….

Me pareció que, más o menos,  estaba hablando de un frágil equilibrio entre un fatalismo paralizante y una ambición desmesurada que puede llevarte a una permanente insatisfacción.  Al final, en la era de los libros de autoayuda, parece que siempre volvamos una y otra vez a la búsqueda del tan deseado y difícil “equilibrio“.

Personalmente, interpreto y adopto su planteamiento con un pequeño matiz que pretende evitar el conformismo y, al mismo tiempo, el tan generalizado sentimiento de culpabilidad : mi matiz es el de que “hago con mi vida todo lo que puedo”;  todo lo que puedo en lo que respecta a mis responsabilidades, obligaciones, peticiones,  relaciones, emociones,  sentimientos y también  ante  mis “deseos decididos”,  procurando no ampararme en “el destino” o la fatalidad y sin permitir conflictos entre mis actos y  mi conciencia y  valores.  Me daría por satisfecho si  pudiera pensar con toda honestidad, sin excusas ni trampas,  que realmente siempre he hecho con mi vida …  “todo lo que he podido”.

Jordi Foz