x  Lo confieso: algunas veces veo pornografía. Y otras veces me la encuentro en pantallas sin buscarla : “Billionaire Scorecard: Adelson Makes $1 Billion,  Bezos Loses $2 ...”, “A Look At Billionaire David  Geffen’s $1,1 Billion…...”, “Carlos Slim: el hombre  más millionario del mundo…” “El fundador de Virgin ganó más de ………”

¿Y a mí qué  me importa?

Lo que sí me importa: cómo hacen ese dinero ¿es fruto de la especulación o de su capacidad de innovación, de la puesta en riesgo de su propio capital,  del trabajo duro e inteligente?, ¿a cuántos arruina por el camino?, ¿a cuántas familias mantiene con sus empresas?, ¿qué cosas ha cambiado para bien en la vida de los consumidores a los que abastece?, ¿qué nuevas rutas abre para la humanidad?, ¿cómo trata a sus proveedores?, ¿cuánto coopera con otras empresas?, ¿cómo de contentas están las personas que trabajan en sus organizaciones?, ¿cómo ayuda a que la vida en el planeta resulte más sostenible?, ¿qué hace con los beneficios?…

Araceli Cabezón de Diego

 

Una idea que circula: el anonimato de las redes sociales proporciona una libertad sin precedentes para exponer las ideas propias.

Una serie de preguntas asociadasPeter Steiner para New Yorker:

¿Es posible la libertad sin nombre?

¿Inmunidad y libertad son lo mismo?

¿Existe la libertad sin asunción de responsabilidad?

Araceli Cabezón de Diego

hannaharendt0A pesar de las críticas recibidas, me ha gustado el ejercicio de Margarethe von Trotta sobre la filósofa Hanna Arendt. En él se relata el monumental escándalo que provocó la antigua discípula de Heidegger con la publicación por el New Yorker de su reportaje sobre el proceso del nazi Eichmann en Jerusalem. Su mirada libre se permitió un zoom sobre la personalidad del acusado, y halló algo que nadie esperaba: no un ser diabólico, un psicópata, un malvado, sino un riguroso burócrata, un cumplidor a ciegas del “deber”, un tipo ordenado y sistemático; en definitiva, se encontró con un ser banal, cuya acción ciega e irreflexiva le permitió un proceder riguroso y burocrático en la deportación y exterminio de los colectivos judíos.

La inmensa libertad de Hannah, en su rechazo del pensamiento único, le llevó a producir su debatido concepto de “la banalidad del mal” desarrollado posteriormente en su libro más conocido “Eichmann en Jerusalen: un estudio sobre la banalidad del mal“, contrapuesto a la idea kantiana del “mal radical”. En algún momento del mismo, llega a decir de Eichmann “…A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo.».

Y esto nos lleva una vez más a la pregunta sobre la finalidad que tantas veces mencionamos en nuestros post: la pregunta “¿para qué?“. Insistimos tanto, porque es una pregunta que, hecha de manera sistemática nos ayuda a tomar decisiones, a priorizar, a proporcionar sentido a lo que hacemos. En definitiva, impide que nuestros actos sean gobernados por un alien: la banalidad.

Araceli Cabezón de Diego

AlEsteDelEdenUna de las cosas que  me ayudó a lidiar con los  radicalismos de la  época universitaria fue la lectura de  “El político y el científico”, escrita por Max Weber en 1919 (que tuve la suerte de leer en  edición prologada por Raymond Aron); y todo porque llegó en un momento muy oportuno.  Acababa de ver en un cineforum  “Al Este del Edén”, de Elia Kazan, y ni los sesudos comentarios allí vertidos, ni las conversaciones posteriores con mis contertulios consiguieron dar satisfacción al malestar profundo que me había causado la cinta.  No era el autoritario carácter del puritano cultivador de lechugas Adam Trask (Raymond Massey), ni el descarado desequilibrio entre el afecto que demostraba hacia su hijo mayor Aron (Richard Davalos) y el disgusto con que trataba al balaperdida del pequeño  Cal (James Dean);  tampoco  el  brusco descubrimiento por éste de su artrítica-madre-madame Kate (Jo Van Fleet) regentando un burdel. La escena que no conseguía quitarme de la cabeza era la sonrisa ansiosa de James Dean buscando redimirse con el padre, mediante la oferta de un fajo de billetes conseguidos con su propio trabajo,  para librarle de una ruina provocada por la pérdida de todo un cargamento de lechugas que un ferrocarril mal refrigerado había fracasado en transportar a Nueva York. (¡Por fín, él ofreciendo algo bueno!, ¡esta vez su padre le querría!, ¡él, como su hermano mayor, también era hombre de provecho!). Pero pronto su sonrisa se convirtió en aullido desesperado. Cuando el padre supo que el dinero que Cal le ofrecía era producto de la venta a precios abusivos de una plantación de fríjoles emprendida con ayuda financiera de la madre al socaire de  la penuria alimentaria provocada por la guerra en curso (“la Primera”) , se lo arrojó a la cara indignado, rechazando convertirse en cómplice de tan abyecto comportamiento…

Ignoro cómo lo resolvía Steinbeck en la novela homónima, pero recuerdo que me volvía loca pensando: “el padre ha hecho lo correcto, rechazando ese dinero no limpio”, “…ya, pero la consecuencia de ese acto correcto ha sido condenar a su hijo para siempre, perderlo…”  “¡qué lío!, ¿dónde está lo bueno?… no sé!. Todavía recuerdo  el alivio que sentí días después cuando leyendo a Weber llegué al párrafo que ofrece la distinción entre la “ética de la convicción” (gesinnungsethisch) y la “ética de la responsabilidad” (verantwortungsethisch).   “Hay una diferencia abismal -dice Weber- entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, tal como la que ordena (religiosamente hablando) «el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios», o según la ética de la responsabilidad, como la que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción” .

Adam Trask había obrado según una “ética de la convicción” (rechazar un dinero que necesitaba mucho, por ser producto del extraperlo). La  consecuencia de su acto fue la trágica y definitiva pérdida de su hijo Cal. Si hubiera optado por una “ética de la responsabilidad”,  dado que ya no podía remediar las consecuencias del “trapicheo” de su hijo, quizás habría manchado su alma,  pero habría salvado a su hijo.

Araceli Cabezón de Diego

Me apeteció escribir sobre esta película porque es una historia sobre cómo la ayuda de los demás nos puede dar  el empuje necesario para hacernos con las riendas de nuestra vida. De hecho el título original de esta película, The Help, resulta más adecuado que el utilizado para la versión española.

Las protagonistas de esta historia viven sus celdas personales en la cárcel social que constituía el Mississippi de los años 50. Eugenia “Skeeter” Phelps, una joven blanca recién graduada en la Universidad, sueña con ser escritora, a pesar de que lo que se espera de ella es que encuentre un marido y una criada negra que cuide de su casa y sus futuros hijos. Una de estas criadas, será su contacto con un mundo diferente al suyo y una fuente de inspiración impagable para perseguir sus sueños.

Entre ambas se establece una relación de mutuo apoyo en sus esfuerzos por encontrar su lugar en el mundo. Se ayudan para pasar de ser víctimas de sus circunstancias a responsables y protagonistas absolutas de sus vidas y en ese proceso crean un círculo virtuoso que arrastra a las personas de su entorno.

El premio como mejor actriz secundaria para Octavia Spencer y la candidatura de Jessica Chastain demuestran  el excelente trabajo de las actrices: las que como Octavia interpretan a las criadas, son capaces de transmitir con una sola mirada toda la resignación y el sufrimiento que arrastran, pero también dignidad y determinación. Atención también a  Jessica, borda su  personaje de mujer vulnerable en busca del reconocimiento de los demás y a Sissy Spaceck, fabulosa en un papel secundario, que aporta un divertido toque humorístico.

Por otro lado, como retrato de una sociedad sometida a la segregación racial,  es un buen complemento de otra excelente película, Arde Mississippi,  aunque Criadas y Señoras se apoya más en los pequeños actos de violencia en el ámbito doméstico, de alguna manera más alienantes y opresivos, que en los actos públicos de violencia pública.

Yo no dejaría de verla…

Nerea Goikoetxea, Directora de Calidad de Tamoin

Una de las fotos del proyecto OB-JECT* de Amaia Alonso

Me gusta imaginar el nuevo año como una página en blanco en la cual, poco o mucho, voy a poder escribir.  Sé que, inevitablemente,  buena parte del guión viene escrito o que me lo van a ir dictando,  pero también estoy seguro de que siempre queda cierto margen para la  acción y espacio suficiente, aunque sea en los márgenes o en los pies de página,   para escribir algo desde mi propia responsabilidad en relación con mis deseos y mi futuro deseado.

De cualquier manera, de mi depende cómo lo escribo y cómo lo leo.  Y desde qué actitud reflexiono sobre esa página, ya escrita, que hoy acaba;  de cómo valoro las experiencias, aprendizajes y oportunidades, aprovechadas … o no.   No se trata de llevar la cuenta de los momentos “aquí y ahora”, pero sí de que, al hacer una breve reflexión sobre las cosas que han sucedido, pudiéramos llegar a la reconfortante conclusión de que ha sido un año mucho más “vivido” que sólo “transcurrido”.  Esa sería en mi opinión la medida del éxito y creo que,  en buena parte, depende de nosotros mismos.

Un año más, todo el equipo de Vesper deseamos a nuestros queridos amigos y lectores un año 2011 muy feliz y muy plenamente vivido.

Jordi Foz

(*): foto perteneciente al proyecto OB-JECT y que fue creada por el propio Jordi

Cuando yo era pequeña, alguna vez jugué a este juego. En él, quienes actuaban como “hijos” formaban  fila detrás de la “madre”, imitando  cualquier  gesto que a ésta le pasara  por la cabeza. Se organizaba así un absurdo desfile de niños clónicos que disfrutaban entre risotadas de su falta de voluntad, y su obligación de replicar cuanta payasada se le ocurriera al cabeza de fila.

Recordé esto cuando recibí la visita de un amigo argentino, afincado en Europa.  Tras un tiempo fuera, había viajado a Buenos Aires, y al ir a comprar descubrió que la cantidad de monedas circulantes era escasa, lo que complicaba cualquier transacción con  discusiones por el cambio. Así que se decidió a almacenar la mayor cantidad de metal posible, y un día, pertrechado con un montón de piezas en el bolsillo, acudió a un kiosko a comprar prensa. En su afán de acumular, intentó pagar con una moneda de mayor valor para recibir cambio, pero el quiosquero, se negó a venderle el material en esas condiciones. Comenzaron a discutir, y mi amigo, enojado, metió su mano en el bolsillo, y exhibió el montón de monedas que llevaba, diciendo: “usted miente, igual que yo; tiene cambio y me lo está negando”…y se marchó de allí echando chispas, sin su periódico.

Al día siguiente ideó otra táctica, y cuando el quiosquero de turno, se negó a aceptar la moneda que mi amigo le ofrecía so pretexto de que no tenía cambio, mi amigo le dijo: “no se preocupe, quédese con el cambio”, a lo que el vendedor contestó: “de ninguna manera, ahora miro a ver si tengo algo para devolverle”, y a continuación le devolvió la diferencia, centavo por centavo.

Eso me hizo pensar en lo fácil que resulta inducir comportamientos en el otro. El estilo de los directivos de una organización, tiende a ser copiado por los  colaboradores. Pero, a diferencia de los niños-hijo del juego, no estamos obligados a copiar nada que no queramos, y a semejanza de la niña-madre, podemos inducir en otros, comportamientos que consideremos más interesantes. Es responsabilidad de cada cual elegir ser “madre” en una organización estimulante o de una organización tóxica.

Araceli Cabezón