Pintada en BrisbaneEsta fotografía la tomé hace unos días en una pared de la ciudad australiana de Brisbane, prácticamente en nuestras antípodas.
Podría estar hecha en cualquiera de nuestras poblaciones más cercanas y habituales, porque lo que expresa al final es un anhelo, o quizá una sugerencia de “hacer”;  de pasar a la acción tras aquello que deseamos y soñamos.
Y cuando vi la pintada pensé lo que intento expresar en el título: estamos muy lejos y somos distintos, pero las personas, con todas nuestras diferencias, también somos mucho más parecidas de lo que a veces suponemos…

Jordi Foz

THE RED ARMYEntre mis muchas insuficiencias cuenta un escaso amor por el deporte y mi casi total desapego por el espectáculo deportivo. Por eso jamás pensé que un reportaje sobre jugadores de hockey pudiera ocasionarme tal interés y producirme tal placer.

Red army no es una película, es un documental dirigido por Gabe Polsky, y contado en primera persona por su protagonista real  Slava Fetisov, capitán que lo fue del imbatible equipo soviético de hockey “El ejército rojo“, estrella olímpica de los 70 y 80.

Me impresionó de ese testimonio la espontaneidad innovadora de su primer y fundacional entrenador, que para dibujar estrategias llamaba al ajedrecista Karpov con quien movía figuras en un tablero-campo, o se iba al ballet a ver cuáles de los movimientos de los sublimes bailarines del Bolshoi convenía probar en el campo; me impresionó la visión que impulsaba al alto sacrificio que hacían los jugadores desde pequeños: la gloria de su país; me impresionó, cómo la propaganda del régimen soviético fue capaz de proporcionarles una metáfora tremendamente movilizadora: “The red army” campeón mundial = mi país en la cumbre del mundo; me impresionó la calidad y calidez de la amistad masculina entre los rusos, que yo no he observado en otros ámbitos; me impresionó el perdón del protagonista a su amigo-hermano, a quien tras haberle traicionado cuando decidió ir a USA, sienta como asesor a su vuelta triunfal a la actual Rusia como ministro de deporte de Putin; me impresionó la forma en que evidencian sus emociones sin resultar exhibicionistas; me impresionó la libertad de Slava para poner en riesgo su estatus y el de su familia, en aras de su libertad individual.

Miles de cosas más me impresionaron en esta historia, pero sobre todo “la sinfonía rusa”, esa forma de bailar juntos en el campo que tenían las cinco estrellas del equipo, de intuir al otro “como si tuvieran ojos en la espalda“, de concebir y organizar su estrellato individual al servicio del equipo, de sentirse juntos en lo mismo, de divertirse con el juego.

Araceli Cabezón de Diego

 

ErroresEn esta época del año la mayoría de nosotros solemos hacer algún (buen) propósito de cambio. Siempre he pensado que tener intenciones y proyectos de cambio es como una declaración de confianza en el futuro, una manera de creer en él y de hacerlo realidad.  Si no fuera así no haríamos planes, ni tendríamos ilusiones, ni sería posible imaginar “un futuro deseado”.

Mi propósito para este año es el de “trabajar” activamente mi capacidad de aprender de los errores. Ya sé que casi todos somos capaces de aprender de ellos aun sin pretenderlo: a eso le llamamos experiencia. Pero precisamente una experiencia reciente sobre las consecuencias de uno de mis más absurdos y pueriles errores, me ha llevado a la idea de profundizar en ese aprendizaje con mucha más consciencia y mucha más consistencia.

Creo que vivimos tiempos de demasiado miedo y demasiada intolerancia al error y que desarrollar esa capacidad de asumirlos y de reflexionar sobre ellos, además de suponer un buen ejercicio de humildad, nos puede hacer personas más sabias, más humanas, más naturales, razonables y maduras…

Además, miro a mi alrededor y me parece que, como siempre, o quizá más que nunca,  la baja autoestima sigue haciendo estragos. Y quiero creer que si conseguimos aceptarlos mejor y aprender más de nuestros inevitables errores, conseguiremos también mirarnos de forma menos rigurosa y más equilibrada y conocernos y aceptarnos mucho mejor… incluso aunque seamos incapaces de cumplir nuestros buenos propósitos de cada año!

Todo el equipo de Vesper os deseamos a nuestros amigos, lectores y seguidores, un ¡Feliz 2014 lleno de futuro y de buenos propósitos!

Jordi Foz

hannaharendt0A pesar de las críticas recibidas, me ha gustado el ejercicio de Margarethe von Trotta sobre la filósofa Hanna Arendt. En él se relata el monumental escándalo que provocó la antigua discípula de Heidegger con la publicación por el New Yorker de su reportaje sobre el proceso del nazi Eichmann en Jerusalem. Su mirada libre se permitió un zoom sobre la personalidad del acusado, y halló algo que nadie esperaba: no un ser diabólico, un psicópata, un malvado, sino un riguroso burócrata, un cumplidor a ciegas del “deber”, un tipo ordenado y sistemático; en definitiva, se encontró con un ser banal, cuya acción ciega e irreflexiva le permitió un proceder riguroso y burocrático en la deportación y exterminio de los colectivos judíos.

La inmensa libertad de Hannah, en su rechazo del pensamiento único, le llevó a producir su debatido concepto de “la banalidad del mal” desarrollado posteriormente en su libro más conocido “Eichmann en Jerusalen: un estudio sobre la banalidad del mal“, contrapuesto a la idea kantiana del “mal radical”. En algún momento del mismo, llega a decir de Eichmann “…A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo.».

Y esto nos lleva una vez más a la pregunta sobre la finalidad que tantas veces mencionamos en nuestros post: la pregunta “¿para qué?“. Insistimos tanto, porque es una pregunta que, hecha de manera sistemática nos ayuda a tomar decisiones, a priorizar, a proporcionar sentido a lo que hacemos. En definitiva, impide que nuestros actos sean gobernados por un alien: la banalidad.

Araceli Cabezón de Diego

para qué Comenzaba  una intervención con un cliente y después de  preparar la sala  me senté a esperar a que llegara el grupo. Mientras calculaba el tiempo que faltaba hasta que apareciera el primero, buceé en mi bolso en busca de lectura y me dí cuenta  de que había dejado mi novela en la habitación del hotel;  quería evitar la zambullida en el mail de mi dispositivo móvil,  no  fuera a ser que algo me restara la energía que necesitaba intacta para trabajar con el grupo; mirar a las musarañas tampoco me apetecía en ese momento….

Salió en mi rescate una pequeña biblioteca oculta tras la pantalla: informes del sector turístico, algo sobre la agricultura de la región…nada que me estimulara mucho en ese momento, la verdad, así que dí con abrir un número de ¡¡Selecciones del Readers Digest ¡!. Me llamó la atención el testimonio de un joven especialista en mercados financieros norteamericanos, donde contaba cómo vivió la crisis financiera en su persona y cuál había sido su contribución a ella.

En un plis plas asistí al comienzo de su carrera, su imparable ascenso a puestos cada cada vez mejor remunerados con fijos de 7 cifras, y bonus impresionantes, su matrimonio, su primer hijo, su primer proyecto de casa, y la ilusión con la que vivió esa etapa. Párrafos después, el tono se tornaba dramático para explicar el vértigo que sentía diseñando operaciones financieras cada vez más sofisticadas y arriesgadas en su, ya, propia empresa. Todo le valía con tal de generar ganancias cada vez más cuantiosamente absurdas.

Hasta que un día, sus operaciones se unieron a las de otros tiburones de Wall Street en la inmensa catástrofe financiera con la que inauguramos el siglo XXI. Cobrada conciencia de la inmensidad de sus pérdidas, su mayor obsesión era cómo comunicárselo a su mujer. Cuando se decidió a hacerlo, esto es lo que escuchó de ella: ¿para qué queríamos tanto dinero?.

Terminaba su historia con una profunda reflexión sobre cómo sería ahora su vida, si antes de haber emprendido algo, se hubiera preguntado: ¿para qué?, ¿con qué propósito?

Araceli Cabezón de Diego

Andaba yo pensando: “hace tiempo que no escribo un post, ¡qué pereza!, no estoy nada inspirada”. Así que cogí el iphone, receptor de mis inspiraciones, buceé en mis notas en busca de alguna musa…¡y nada!; y por si esto no bastara, me llama mi querida socia y me espeta: “¿a quién le toca este Viernes?” (sutilezas). Total, ¡que me toca! y aquí estoy con la misma agonía que  Lope , pero con la millonésima parte de su gracia.

¡Qué fastidio, qué aburrimiento, qué cansancio, hacer las cosas porque toca, porque hay que hacerlas. ¡Qué divertido, qué ilusión, cuánta energía hacer las cosas porque uno quiere hacerlas! Desde luego, ¡pero no siempre se puede elegir! ¿Seguro? ¡Pues yo voy a elegir! Cierto que  sigue sin apetecerme escribir el post, pero  tengo claro que quiero continuar el contacto de los Viernes con nuestros queridos lectores, quiero contribuir  a generar marca para nuestra empresa, quiero… y para eso voy a escribir ahora mismo este post.  ¡¡¡ya me voy sintiendo mejor!!!, así que para animarme enchufo el 2 mov. del concierto en Sol de Ravel por la Argerich , y la cosa mejora.

Con frecuencia perdemos energía con el tengo que, porque pensamos siempre en la acción inmediata, sin darle sentido, y si esta no nos gusta o nos pilla en mal momento, se convierte en una obligación, cuyo cumplimiento, al ser diferido, genera malestar y culpa. La cosa cambia por completo, cuando nos preguntamos por el fin último de nuestra acción. Al formular la verdadera naturaleza de nuestro deseo (el para qué de esa acción) la vista se alza,  el ánimo cambia, y el tengo que, se convierte en quiero.

¡Va por VESPER!

Araceli Cabezón

Hace unos días releía el post de Ane «Elogio de la sencillez» y me decía a mí misma : ¡qué voluntad !, yo lo de reducir los bolsos a dos, aún ni me lo he planteado. Todavía tengo en uso el rojo, el hiper-pijo, el cómodo, el verde fósforo….. Eso si, hace un tiempo adopté una medida ingeniosa que ofrecían los de Uterqüe (no se qué falta les hacía la diéresis), y es un contenedor donde van tus esenciales, esos de los que nunca prescindes, los que te fuerzan a un sistemático volcado cuando cambias de bolso, los que, de olvidar uno, te hacen sentir incompleta, inconfortable, inerme, y que al final, son tres cosas… De tal manera, que lo único que hay que hacer para cambiar de bolso, es sacar el contendor del bolso cesante, y meterlo en el elegido para la jornada. …y  de repente, le vi gran parecido con los valores  de una organización. Con frecuencia, las  mejores organizaciones utilizan parte de sus recursos (financieros e inteligentzia) a dibujar el territorio cultural en el que quieren moverse para formalizar su estrategia, y definen misión, visión, y valores. Con frecuencia también se definen demasiados de estos últimos. No todos los valores caben en los bolsos circunstanciales que decide vestir una organización;  a veces, incluso, entran en conflicto. En momentos de dificultad las organizaciones, de forma inconsciente jerarquizan, priorizan, y se comportan de acuerdo con dos o tres esenciales. Esos son los que a toda costa una organización quiere mantener. Merece la pena dedicarle un tiempo a « esencializar » la reflexión sobre los valores, para rentabilizar la inversión,  evitar distracciones  y ganar tiempo en la tarea de aprender a comportarnos tal y como deseamos ser.

Araceli Cabezón de Diego